Y se da la paradoja del tiempo actual, en el que se incide en el valor del individualismo, aunque es evidente que, sin lo comunitario, éste no se puede desarrollar.
Se deshecha lo común y se exalta lo individual.
De nuevo, dentro de la unicidad, la dualidad competitiva, la lucha de sectores, tendencias, opiniones e intereses.
Mientras unos vieron ahogados sus desarrollos económicos por la guerra en Irán, a propósito del estrecho de Ormuz, otros se hicieron muy ricos.
El caudal de ejemplos puede ser muy continuado.
Pero hay uno que especialmente podría ser significativo o llamativo desde el punto de vista humanista: se necesitan aproximadamente 13.000 millones –dólares o euros- para aplacar, para calmar el hambre mundial, al día de la fecha; tan solo. Pero bueno…
Eso representa menos del 1% del gasto militar mundial. Y si me apuran, menos del 1% del gasto militar de la OTAN o NATO.
Esa dualidad significativa que, en el nombre de la libertad, busca seguridad armándose mientras descuida el hambre cotidiana, pareciera que no es propia de una especie inteligente.
Otra paradoja curiosa es que justo los 13.000 millones serán los beneficios de la FIFA en este pasado mundial de fútbol, con un movimiento económico de unos 40.000 a 60.000 millones.
Pueden resultar ser cifras o números fríos, distantes, pero, aunque introduzcamos variables y opiniones diversas, las diferencias siguen siendo más o menos las mismas.
¿Carecemos de genes solidarios? Porque este transcurrir no es nuevo de ahora; viene gestándose de años.
¿Carecemos, por naturaleza, de solidaridad?
Lo cual contradice la teoría de la evolución, en la que los seres celulares se agrupan para gestar nuevas estructuras y hacerse viables como individuos, en base a la conjunción y el compartir sus dones y sus cualidades.
Así que podríamos decir que, hasta llegar a “definir” –entre comillas- las diferentes especies, todo ello se ha logrado en base a una solidaria y compartida inversión de recursos entre unas y otras posibilidades.
Pero pareciera, si esa teoría es cierta, que ese recurso –que permanece, y gracias al cual permanecen las especies, y a buen seguro que continúan su evolución, pero ocurre que es a base de miles de millones de años-… pareciera que esa sensación solidaria se hubiera olvidado.
Aunque –llamativo es-, cuando la catástrofe aparece, en un primer momento todo es ayuda solidaria para recuperar.
Pero si la catástrofe es producida por la contienda –véase “guerra”-, entonces cada parte defiende su posición y destruye a la otra, o a las otras.
La Llamada Orante nos toca. Nos toca a incorporar esa solidaria presencia de Providencia que permite la unicidad de nuestro ser, la unicidad de los seres y la comunión entre todos ellos, gracias a lo cual, cada individuo o individuos pueden proseguir, continuar, permanecer…
Y que ese criterio, esa puesta al día, nos incentive para el actuar, el pensar, el sentirme conjugado con todo mi entorno: desde las huellas del suelo hasta las nubes del cielo se me hacen imprescindibles.
Descubrirnos que somos imprescindibles y necesarios; que, bajo esa dimensión, la Llamada Orante nos sitúa como una ofrenda universal.
Si nos ofrendamos universalmente, nos sentimos conjugados, conjuntados con todo lo viviente; preservamos lo existente e incentivamos las posibilidades de nuevas perspectivas, de nuevas configuraciones.
Mientras escuchamos el aire fresco que proviene de la profundidad del calor de nuestro planeta, nos podemos dar cuenta –y hay que hacerlo con cualquier circunstancia- de la connivencia, convivencia, compartir, comunión y disposición de lo viviente, sea cual sea su conformación, para servir, para ser útil.
Sí. Sin duda, la inteligencia ha incidido sobre este ejemplo y sobre cualquier otro. Es parte de nuestros atributos y es parte sustancial de la capacitación para obtener, desarrollar y gestar recursos. Por ello resulta más grave esa dualidad: porque contraviene el sentido inteligente; que, al dotarse… –el sentido inteligente- al dotarse de recursos amplifica sus capacidades.
Sí. Hoy, los seres humanos civilizados podrían catalogarse de “supremos egoístas”: cada uno, cada ser, busca su seguridad, sus recursos, sus medios, su propiedad, su ganancia, su mantenimiento.
Pareciera que fuera una tendencia de supervivencia, cuando realmente la supervivencia está en la comunidad de especie, que busca organizarse y reorganizarse para permanecer.
Es como si pretendiéramos vaciar los océanos para disponer de más tierra fértil, y nos olvidáramos de que, gracias a los océanos, mantenemos un equilibrio de nuestras aguas, nuestra respiración… y un largo etcétera. Así que la tendencia ha de ser de cuidarlos, aunque no necesitan específicamente de nosotros. Pero no podemos, por nuestra actitud individual, recabar –siguiendo con el ejemplo-, del mar, sus espacios, para aprovechar recursos propietaristas e individuales.
Al darnos cuenta de que somos producto de un Misterio Proveedor Providencial, el cual nos ha hecho crecer, hablar, pensar…, sin cuyos estímulos no hubiéramos sido los ególatras exigentes, críticos y dramáticos, podemos pensar en reestructurarnos, reconvertirnos –no solamente convertirnos, “reconvertirnos”- en seres de unicidad con tendencias a innovar, con decisiones hacia lo nuevo.
Cada vez que nos ejercitemos como “personas”, introduzcamos el despertar innato, solidario y unicista de nuestro ser, con todo.
Sentir, ver y percibir, como un relámpago, cada acción: como un relámpago de luz que se extiende más allá de nuestra acción y de nuestra realización.
Ese “testimonio” en lo personal, que se hace trascender a lo universal, nos sitúa en un nuevo y continuo descubrir, nuevo y continuo amanecer, puesto que ya no se queda reducido a “mi cuenta personal”, sino que se queda abducido a la vida universal; que probablemente no sea capaz de definir, de concretar, pero sí puedo percibirlo, sí puedo darme cuenta de sus dimensiones.
Apagar los miedos; aplacar la rabia; disolver los prejuicios; adentrarse a la aventura de descubrir; atreverse a la novedad de lo creativo; hacerse digno de ser artista… del vivir cotidiano.
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