No nos dejemos atrapar por la codicia del miedo

 

Abducidos por los temores, los pánicos y los terrores, según las últimas de las ultimas noticias, la globalización humana se estremece; y lo que parecía ser una hipótesis lejana de la sexta extinción, se hace cada vez más pomposa, más sorprendente.

Y poco importa que… –precisamente se buscan, ¿no?- que las convivencias, vivencias, desarrollos, etcétera, se deterioren. Es más, hay previstas –por lo que se ve- vueltas de tuerca. 

Sí. Es decir, si con tales y cuales presiones, prohibiciones, leyes, normas, conductas… no es suficiente, hay todavía más.

Cuando parecía –“parecía”- que, a pesar de tanto pesar, algunos se sentían… –¡algunos!- se sentían con ganas de proyectar, hacer o aspirar “a”, rápidamente los equipos globalizantes dieron una pequeña vuelta de tuerca más. Sí. En España, nos dicen que realmente no hay 56.000 contagiados, no. Han contado mal. Hay 500.000. 

.- ¡Han contado mal…? ¡Qué horquilla!, ¿verdad? ¡Qué horquilla tan…! ¡De 50.000 a 500.000!

.- Sí. Es que los periodistas manejan mal las matemáticas.

.- ¡Ah! ¡Me habrán apuntado a mí también!, ¿no?

.- ¡Sí, sí! ¡Claro, claro!... Porque no sé si ustedes sabrán, claro, que… mirándolo bien, ¿qué más da 50.000 que 500.000? 

.- Pues la verdad es que ¡no da igual!

.- Pero esto es igual que pensar que estamos en verano, cuando en realidad estamos en Navidad. Estamos en Navidad y… y es la misma distancia que de 50.000 a 500.000.

.- ¡Ah!, pero… 

.- Hace frío… Anuncian por todos los sitios que va a nevar, que… no sé, que va a caer granizo, que si no es hoy será mañana, y si no el lunes, y si no… ¡Por la Navidad! 

.- ¡Ah!... Entonces, el verano…

.- ¡No! Eso era una vulgaridad: ¡verano! No. Lo bonito es el invierno, que te obliga a estar en casa. Si ya lo decía el slogan: “Vuelve a casa por Navidad”.

Es obvio que, ante estas situaciones, se recurra a la plegaria, a la novena, a la octava… 

Aunque, si nos fijamos, no tanto como se esperaba. En vez de utilizar el templo para acudir a orar, el templo se utiliza para acudir a dormir, a ingresarse, a intubarse o a… simplemente encerrarse.

Hasta… –para contemplarlo todavía mejor- hasta la Iglesia, en su pompa de Papado y Vaticanos rutilantes, nos dice –en palabras de Francisco, alias Bergoglio-… nos dice que “Dios perdona siempre. El ser humano perdona “a veces” –a veces-. La Naturaleza nunca perdona” –a propósito de estas incomodidades globalizadas que están ocurriendo-.

Como podemos ver, se ha hecho un Burger, una hamburguesa, un Mac Muc, según el cual, el bocadillo está formado por dos estructuras: Dios por una parte, la naturaleza por otra, y en el medio está el jamón. Es decir –quiero decir- el ser humano.

Uno perdona todo, el otro no perdona nada, y el otro –¡puf!- perdona a veces.

Con lo cual se deduce fácilmente que la Naturaleza se está vengando de las ofensas que desde… –aquí valdría la palabra “siempre”- que desde siempre ha hecho el hombre sobre ella. Y ha dicho: “¡Basta ya! De 50 pasamos a 500.000. No se hable más”.

Resulta curioso el contemplar cómo los creyentes, las religiones, hasta han perdido su mínimo sentido de recogimiento, de aliento, que no sea el material, contundente y práctico. Evidentemente, Dios no cabe por ninguna parte.

Identificado el enemigo, lo que hay que hacer es destruirlo. 

El arte… –¿se llamaba así?- “el arte de la guerra” vuelve a ponerse de moda. 

Y claro, en la guerra, los ancianos y los niños no cuentan; y las mujeres, a coser. Así era antes, ¿no? Y parece que también vuelve a ser ahora.

Por supuesto, las libertades… –¡ay!, ¿cómo eran antes?-, no. En la guerra no puede haber libertades. Si no, ¿cómo vamos a constituir un ejército? El ejército se hace en base a las órdenes, la obediencia y la capacidad violenta de ataque.

Como el enemigo es invisible –en condiciones normales, ¿verdad?-, pero habita en cuerpos, lo mejor es atacar a los cuerpos y así acabamos con el enemigo. ¡Hombre! Como daños colaterales acabamos también con el cuerpo, pero, ¡vamos!, tampoco es una cosa… ¡psss!…

Resulta entre chistoso y dramático. Entre creíble o increíble. Y el Sentido Orante nos conduce a un estado de contemplar la violencia inusual a la que se ha llegado, por un extraño consenso, para domesticar aún más, dominar aún más, controlar aún más y… culminantemente, lograr una esclavitud provechosa.

Decían los textos llamados “sagrados”: “Y en el principio, Dios creó el cielo y la tierra”

¿Y cómo es que Él perdona todo, y la tierra no perdona nada? ¡Qué transcripción! Es igual de salto que entre 50.000 y 500.000. 

Y en esa propuesta a otra perspectiva, el Sentido Orante nos conmina a no dejarnos atrapar por la codicia del miedo.

Si nos sentimos universos; si nos aliamos con las nubes; si respiramos con los alientos; si nos hacemos amanecer, de nacer y hacer en cada intento; si sabemos que… –y como creyentes inmiscuidos en ese Misterio Creador- si sabemos que el día y la hora no nos pertenecen; si sentimos la Piedad, y de ella y con ella, la Misericordia, no habrá motivo de contagio de miedo; no habrá temor de huida, ni prejuicio de cercanía.

La agonía del miedo es espantosa. No se corresponde con el verdor de la primavera, con la transparencia del amanecer o el asombro del anochecer. 

Quizás… quizás fue la envidia del ser de humanidad, al ver que no era capaz de gestar un universo ¡brillante! Y en consecuencia, algunos se lanzaron a conquistar universos humanos… a los que se pudiera engañar, mentir, ocultar.

Y así –probablemente como un factor- se fue gestando esa animadversión dentro de la especie. Y consecuentemente, el afán dominador de todo el entorno.

Salvo circunstancias, ocasiones y seres, el asumir un papel teóricamente secundario en la Creación no cabía en la sapiencia del ser. Intentó por todos los medios, interpretando escrituras, mensajes, revelaciones… nombrarse y pro-nombrarse el centro de la Creación. Pero sin mucha dificultad comprobaba que, cuando él no estaba, la Creación seguía, el verdor de la primavera se agrandaba, el canto de los pájaros se exacerbaba.

¡Ay!… El silencio Creador clama desde sus autismos. Y el ser de humanidad se llena de sus aullidos, de sus protestas, de sus quejas. No hay… no hay lapsus de contemplar. El planteamiento se hace como un desenlace.

Más guerra.

La Misericordia contempla las miserias. Llama a la concordia. Susurra a la poesía para que se establezca un vínculo, en lo Creador, que diluya y deje las miserias para que éstas se reconviertan.

Y en ese ‘misericordiar’, el ser se abandona. Porque no sabe ni la hora ni la fecha. Porque El Único que la puede fijar… en su mansión… no lejana, íntima, aquí, y a la vez envolventemente infinita, no considera el tiempo. Decide en cada momento.

¡Ay! En esa piedad misericordiosa, no cabe el acecho del miedo, el escondite secreto, la mentira piadosa. Sólo cabe la entrega, la disposición, la actitud disponible, el percibir la Providencia… que continuamente habla desde el silencio de los aconteceres, desde las casualidades, las sorpresas, las suertes.

¡Ay! Desplegar nuestra naturaleza, como expresión de Universo, no como expresión posesiva de mi ser, de mi carácter, de mi manera… 

¡Nada me pertenece! ¿Por qué he de reclamarlo? 

Más bien, al sentirme amado, y replicar en esa frecuencia, la Piedad serán mis pasos. La Misericordia será mi purificación. El silencio ¡casual!... será la fusión con la algarabía de lo creado.

Ante el secuestro globalizante, amparado con el miedo acuciante, la Llamada Orante nos reclama nuestra consciencia universal, ¡nuestra consciencia de verso!, de vernos amantes, de ¡sentirnos amados!... y corresponder en esa disposición de necesidades sensibles.

Y aún en las peores condiciones, saberse heredero del Cielo, saberse herencia de Universo. 

La presencia orante en cada posición, nos dará esa opinión, esa calma, ¡ese entusiasmo!, esa capacidad de regenerarnos. Porque creados somos cada amanecer. Porque nos hacen después del sueño, y nos ‘oportunizan’ una y otra vez.

¡Ay! Sentirse sin razones. Sentidos sin opiniones. “Senti-sientos” sin… pecados. 

Emociones al viento, sin parapetos, sin obstáculos…. 

Limpios

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