Nacer-Hacer. Universario de Tian

 

Se hace primavera. Y se hace… sola, al margen de nuestras acciones. 

Y se hace así... con el sentido de servirnos; y además del adorno que supone, la muestra de vitalidad que arroja sobre todos los suelos.

Se hace la primavera… ¡y no la hacemos nosotros! 

¿Y qué hacemos con ella?

Se hace el amanecer, y... tampoco nosotros lo hacemos. La luz se presenta sin ninguna justificación... Y nos despierta; nos lleva a la vigilia.

Haciéndose el amanecer, haciéndose la primavera, ¿qué representa para el ser...?

El Sentido Orante, con su llamada, nos reclama el ejercicio de nuestra luz, de la cual somos absolutamente dependientes.

La primavera nos reclama el nacer, el previo acontecer que ha ido preparando esa... abrupta expresión de nacer. 

¡Ah!, ¡nacer...!

“Nacer” y “hacer” quizás sea la misma palabra, pero con distinto sonido. Y si así fuera, como nos indica el Sentido Orante, cada hacer –de cualquier naturaleza- sería un nacer... Con lo cual estaríamos permanentemente naciendo. 

No habría lugar para el espacio repetitivo, sino siempre novedoso. Ninguna primavera es igual que otra. 

En consecuencia, somos seres de luz y, por tanto, viajeros. Sea cual sea la naturaleza de la luz..., viaja. Y por donde pasa, ¡nace! Y al nacer, ¡hace! 

No puede estancarse, ni en el nacer, ni en el hacer, ni en el viaje luminoso.

Si así nos asumimos, como luz viajera que nace y hace en su transcurrir..., la naturaleza de ese proceso es imparable.

Y decir imparable significa decir: “confianza plena”; decir: “decisiones inmediatas”; decir: “¡compromisos firmes!”; decir: “¡servidores eficaces!”; decir: “libertarios incesantes”; decir: “amantes imperecederos... siempre atentos”.

Y con esas características... ¿qué elemento puede detenernos? 

Las apariencias. Sí. Las apariencias que podemos dejar que pasen, en esa naturaleza de luz –nacer y hacer... con consciencia plena-.

Si la desconfianza se insinúa, si la indecisión se hace ¡inquieta!, si el servicio se hace... para cumplir, pero no para la entrega, entonces, la insinuosa desconfianza -ajena y propia- busca retraerse, busca esconderse; nace... al miedo. 

¡Y nacer era primavera! Nacer era ¡hacer! Nacer era la creatividad y creación permanente.

 El Sentido Orante nos recalca nuestra naturaleza –en este año de encrucijadas- para que nos demos cuenta de la ficción de los obstáculos, que se hacen tales obstáculos cuando dejamos de verlos como ficticios... y los aceptamos como reales. 

Pero, ciertamente, el sentido del vivir humano se ha convertido en una creencia de apariencias, en un sentido de realidad que sea dominado, que sea controlado –¡o desbordado!- por el hombre. 

En mínima cantidad se atiende al Llamado Orante, y en máxima atención se ciñe sobre el material, el artículo, el mandato, la orden: eso que se vende como “seguridad”.

¿No ha pasado suficiente tiempo, no han pasado suficientes aconteceres y suficientes civilizaciones, como para darse cuenta de que ese sentido no es el adecuado? 

¿Aún se sigue aspirando a ser el rey de la Creación, el hombre-dios de los hombres...?

Y bajo esos prismas de apariencias creíbles, reales, la guerra es el instrumento más útil. Es el único instrumento que nos hace realidades palpables –“apariencias”-; pero... aconteceres de contracciones de soplo que, en cuanto se amplifican en Universo, dejan de tener consistencia. 

Y en esa guerra, hoy vencen unos, mañana vencen otros… Es decir, todos pierden.

¿Es una decisión inteligente? ¿O es más bien una estampida de egolatría... que nos lleva hacia la omnipotencia del hombre, y su creación –sic-?

La guerra se hace más o menos violenta, más o menos grande o más o menos pequeña, y... -y eso sí- empieza a ser... el sentido de la vida. Ahí es donde tenemos que ‘desfacernos’ de la encrucijada. 

Porque pareciera que toda la humanidad, en su consciencia colectiva, hubiera optado únicamente por la guerra, como medio para... ¡subsistir, sobrevivir, supervivir!...

Y no es ese el lenguaje, ni la postura ni posición del Sentido Orante, que hoy nos despierta con la luz de la primavera, con el nacer y hacer como identidades, con las consciencias plenas en servicios, en confianzas, en decisiones. 

Ese estado de “contra, contra, contra, contra”... que amilana, que asusta, que defiende, que contra-ofende: una sincronizada agonía que, por su reclamo general, ¡atrapa!... –pretende atrapar- el viaje de la luz. De ahí que si en consciencia sentimos nuestra naturaleza, el acoso de la guerra no encontrará eco.

Y no harán falta murallas, ni muros, ni alarmas... que constriñen el fluir, que arañan las ansias de ¡aspirar!; de aspirar a ser lo que se es: una luminosa y fugada luz, en el Universo.

La oferta del combate siempre está disponible. Y es ahí donde el orante ha de estar atento, alerta. Porque es el fácil camino del... “poder”. Si, en cambio, se deniega la oferta del combate –sin que ello suponga un enfrentamiento- y asumimos una posición de adaptación, con muestras creativas, como seres sin tiempo, inmortales, sin nada que ganar porque todo es vanidad, con la consciencia de una constante y nueva humanidad que nace y hace diariamente, con el humor del ánimo enamorado suficiente como para no tener carencias, con ello estaremos en disposición de dejar de ser esclavos del tiempo: un impostor que acecha, que aprieta. Y cuanta más atención se le presta, más dictador se hace. 

Si nos dejamos envolver –y cuánta intención hay- en el amanecer, en ese acto de luz que nos ama; si nos dejamos percibir como esa vigilia continua... que solamente es secuestrada por la noche interna, para ser reparada, para ser puesta a punto para el nuevo nacer y hacer, estaremos en disposición de ser servidores en ese ir infinito, y en ese “estar” de ficción aparente que nos ¡reclama!, pero que tenemos que estar en la alerta y en la atención suficiente como para no caer en ese universo… que no es verso, que no es prosa; que es… lo que no debe ser.

Interactuar con la consciencia plena, en la que antes hemos estado, y ¡mostrar!, mostrar nuestras intenciones, y evidenciar las evoluciones cuando intervenimos, cuando estamos como somos... y no, como la imposición de unos pocos quiere que seamos. 

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