Los sistemas vivientes, en su interrelación con el medio, corrigen, rectifican, se adaptan… Todo ello con el sentido de permanecer, desarrollarse, evolucionar…

En cambio, en el caso del sistema viviente humano, la rectificación es difícil; la corrección, casi imposible; y la adaptación… es impositiva. Con lo cual, cada vez que transcurre la presencia de la especie, ésta se resiente por diferentes lugares… –pensamientos, economías, conocimientos, relaciones-… y nos hace evaluar que entramos en periodos de desaparición, de innecesaria presencia… por los desequilibrios que se generan continua y permanentemente.

Como… “particularidad” –entre comillas- de humanidad, cuando el error o el terror o el horror se hace presente, no aparece la rectificación, la corrección, la adaptación, sino que aparece la culpa.

Y ésta hace sentir a cada ser… una identidad impropia, en la que –tanto si es culpable, como si culpa a otro- tendrá que ejercer, o bien de juez y castigador o bien de preso y… desecho.

El Sentido Orante nos reclama… lo que hacen los sistemas vivientes, de rectificar, corregir, adaptarse… y no crear la figura culpabilizadora, que en definitiva es el criterio que a lo largo de tiempos se creó en torno a divinidades, las cuales nos castigaban con desastres naturales, con acontecimientos luctuosos personales, etc. 

Así que, en profundidad, al buscar el sentido de culpabilidad, y no de responsabilidad, de corrección, de arreglo, de adaptación, etc., lo que se está haciendo ante lo culpable es erigirse en “verdad”, erigirse en juez, cargarse de prejuicios, y castigar…; castigarse.

Hasta tal punto que cada ser –salvo excepciones- lleva su correspondiente culpa. Y depende de las circunstancias –claro-, se culpa a sí mismo, o se siente culpable ante lo divino, y calcula que por esa trasgresión va a ser castigado.

El Sentido Orante nos sugiere que esto no funciona así.

Cuando el ser se convierte en un trasgresor sistemático, radical, prejuicioso, choca inevitablemente con otros, y ahí vendrán ciertas desventuras. Pero no han sido castigos. Han sido aconteceres propios de una inadaptación, de una incapacidad de relación, de una imposibilidad de comunicación, de una falta de respeto mutuo. 

¡Pero no ha sido Dios el que le ha castigado!

En todo caso ha sido el otro –quien sea ese otro-: padre, madre, tío, abuela, alcalde…, juristas o gobiernos, etc., los que establecerán pautas y normas para… castigar las trasgresiones o los delitos diversos que se puedan cometer.

Cada vez más… se legisla, más se ordena, más se califica. Con lo cual, cada vez es más difícil cumplir… Y en consecuencia, es más fácil… adquirir la culpa.

Decía el refrán, sentencia o dictamen que “rectificar era de sabios”. 

Y así, en la tradición, el sabio era aquel que era capaz de corregir, variar, modificar… relacionarse y comportarse de diferentes formas y maneras según las mejores necesidades para servir, para servirse.

Si la especie es “sapiens”, algo de sabios tendrán cada uno de los seres, algo de sabiduría… albergarán en sus sentires… 

Y con ello, poder desarrollar la capacidad –“la capacidad”- de amplificar esa rectificación, esa corrección, esa adaptación… para servir y servirse adecuadamente, y establecer un régimen de complacencias en el que se llegue a acuerdos beneficiosos para todos, y en el que cada uno tenga que emplear su sapiencia.

Y huir –en consecuencia- de los aquelarres de culpas… que nos brindaban el protagonismo de suplantar a lo divino y de, así, hacernos… inútiles para cumplir nuestros designios.

Excluir de nuestro léxico, de nuestra actitud, “la culpa”. E introducir lo que los seres vivientes –menos los sapiens, salvo excepciones- hacen, que es corregir, rectificar, adaptarse –por resumir, claro; hay más cosas-.

Esa labor orante… nos permite además elevar nuestra consciencia en cuanto a la relación con el Misterio Creador, de una manera humilde, disponible… y hacernos así sensitivos, perceptivos ante las bondades que la Creación nos depara, y que no se ven habitualmente por el síndrome del castigo.

No hemos sido creados para ser castigados; menos aún para que otros nos castiguen.

Por supuesto que el autocastigo, como mecanismo habitual de corrección, de adaptación, de arreglo, es el más frecuente: “auto”. Y supone sacrificios, dolencias…; estar en un continuo desespero.

En la medida en que disolvemos la culpa-castigo, esa cupla de irreverente forma de vivir, adquirimos de inmediato la similitud con… con otra sapiencia que sabe aparecer, actuar, relacionarse y convivir para hacerse viable.

Sin que ello suponga un sufrimiento, un dolor, una desdicha.

 

Que la Piedad acoja nuestras humildades y nuestros instintos sapienciales para corregir, rectificar, adaptarnos y desculpabilizarnos. Y ser así vehículos de transmisión, de comunicación, de equilibrio, de solidaridad.

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BØNN

Bønnen som vi praktiserer er ikke forbundet til noen bestemt religion. Vi tror at bønnen kan være et frigjørende og helbredende instrument som har Skapelsen, de forskjellige kreftene som besjeler oss, uten at vi setter et eller annet navn på dette. Troen på at bønnen er et uunnværlig element for oss, har fått oss til å danne et sted som utelukkende brukes til bønn; ”Casa del Sonido de la Luz”,( huset for lysets lyd.) Det ligger i Baskerland, Vizcaya. Der holdes det samlinger med bønn, og man kan også tilbringe dager med tilbaketrekning der.

LA CASA DEL SONIDO DE LA LUZ

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“La Casa del Sonido de la Luz” ARGI DOINU ETXEA se encuentra en la localidad de Ea, Vizcaya. Un espacio abierto para los alumnos de la Escuela Neijing, los cuales pueden realizar estancias de 1 a 5 días.
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