Es habitual que, en la medida en que se desarrollan las capacidades del ser –el dominio sobre el entorno, el control sobre la vida en sí-, el ser planifique su trayectoria.

Y cada uno, según cultura, religión, ambiente, tendencia, genética, etc. –largo-, tiene hoy, llegados a este punto del siglo XXI, un plan; llamémoslo “proyecto”, llamémoslo… Llamémoslo, inevitablemente, “una imposición”.

¿Por qué… por qué decimos “una imposición”?

Porque cada ser, con ese planning, con esa planificación, va a estar ejerciendo; va a estar nominando, criticando, alabando, gustando, disgustando… Todo lo va a pasar por esa planilla.

Y, claro, como cada uno tiene su planificación, en algunas cosas coincidirá con otros, y en otras no.

Y bien. ¿Qué ocurre cuando el “no”… aparece? Cuando no es lo que yo pensaba, no es lo que yo había planificado, no es

Cuando aparecen esas negativas, el ser tiene que recomponerse, replantearse, replanificarse... En teoría.

¡Sí!, “en teoría”, porque la mayoría de las veces, cuando no se cumple esa planificación, se establece una rebeldía, una continua imposición, una permanente desclasificación de todo aquello que no sea lo que el ser ha planificado.

Quedan como ideas fijas, ¡poco móviles!, poco dadas a la improvisación, a la imprevisibilidad.

De ahí que el Sentido Orante de hoy recale en esos planes, en esas proyecciones, en esos “pensar por otros”, en ese definir…

El orante ha de saber que está sumergido en un caldo de cultivo de imprevisibles… situaciones, circunstancias, sorpresas…

Decía el refrán: “El hombre propone y Dios dispone”. Es un dicho –quizá no sea un refrán-; es un dicho, según el cual, la cultura popular nos muestra claramente que, bien, tenemos nuestra planificación, nuestras propuestas, ¡pero!…

Curiosamente, en la medida en que asumimos esa posición, las negativas de algunos aspectos de nuestra planificación serán asumidas como variables que debemos replanificar, reordenar, recapacitar, reconsiderar… Y esa actitud nos va a permitir una mejor, más clara y más decidida acción… compartida; congeniada.

Hoy podemos admitir –lo cual era o podría ser muy sensato y lógico-… pero se puede admitir, desde el punto de vista del saber y de la ciencia, que la vida –dentro de lo que sabemos- de desarrolló y se diversificó gracias al “intercambio” de información, de genes… que saltaban de una especie a otra, por diferentes medios de microorganismos; de tal forma que, como sabemos, en nuestro genoma albergamos fracciones virales y fracciones bacterianas que, si las extrajéramos parcialmente, producirían el original que llegó a ese genoma.

Todo hace pensar que somos, como vida, una mezcla “inteligentemente inducida”. Lo cual nos quita protagonismo… así, ¡de golpe!; aunque gracias a eso podamos hacer transgénicos –“trans-génicos”- y otras experiencias genéticas.

Y esto vendría al caso… para que fuéramos conscientes y nos ejercitáramos en esa pluralidad –permitamos la palabra- “infinita” de la que estamos configurados, constituidos, conformados. En cuyo caso, los planes deberían disolverse. Hacer prospecciones, posibilidades, probabilidades…; que eso está más –más-… más acorde con nuestra configuración, con nuestra esencia.

La disponibilidad… según las necesidades que van surgiendo, propias y ajenas: son las que mejor nos orientan hacia cuál debe ser nuestra posición, nuestra colaboración, nuestra calidad y nuestra ¡caridad!... de acción.

Si asumimos “disponiblemente” las variables que acontecen, disolviendo nuestras planificaciones… y asumiendo nuestra imprevisibilidad como una capacidad creativa, las sorpresas, los imprevistos, los ‘inesperados’, los ‘incomprensibles’, los ‘raros’… –todos esos nombres que empleamos- serán reconocidos como parte integrante de esa vitalidad de la vida, y no como enemigos o como contrarios a nuestros intereses. Y sabremos interrelacionarnos con suficiente habilidad –que la hay- como para ser testimonios de ese intercambio de información, de esa conexión que tiene, cada vida, con cada vida… de especie, de inter-especies…

Busquemos una sintonía –una “sintonía”- con todas esas disposiciones, con todas esas conexiones, con todas esas comunicaciones... para que nuestras planificaciones dejen de serlo, y se conviertan en disposiciones, disponibilidades…, probabilidades y posibilidades de servicio.

Disponernos a La Vida implica amplificar nuestra consciencia… hacia cualquier situación, y proponer, sugerir… y dejarse orientar por la misma vida y sus señales. Y, así, adquirir ese nivel ‘vibracional’ o vibratorio, que no está sujeto a un plan previsto, a una idea concreta, sino que… seamos dispuestos y disponibles. ¡Con propuestas!, sí, pero sabiendo que la disposición será… ¡quién sabe!

Pero estamos atentos, estamos a la escucha permanente… en la disposición de sabernos vehículos liberados y liberadores… en esa Universal Convivencia con La Vida.

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