El cultivo de lo Interno

 

Dado el lugar en donde habita lo que llamamos “Vida”, y el consiguiente dinamismo que se da, que se tiene que dar, las continuas adaptaciones ante… simplemente la sequía o las abundantes lluvias, o ante el calor y el frío, la biodiversidad tan increíble y la diversificación humana tan asombrosa… –en resumen; muy resumido, claro- nos muestra, lo que llamamos “vida”, un dinamismo de actividad incesante.

“Un dinamismo de actividad incesante”.

Pero ocurre –ocurre-… que aun con la fuerza, la influencia y la característica de esa “Vida”, que tiene esos recursos, esas diferenciaciones, esas adaptaciones, aun así –que la esencia vital es diversificar, expandir, adaptar, conseguir, lograr, cambiar, sí, sí, sí-… aun así, los niveles de consciencia de humanidad se establecen… –“establecen”: como establo, como instaurarse, como ponerse- durante tiempos, ¡generaciones!...

Lo que hoy llamamos establishment: el hombre estable, el hombre establecido, con sus normas, costumbres, leyes, hábitos…; que, sí, evidentemente hay pequeñas cosas que cambian. Pero llama la atención –siendo la naturaleza de la vida esa diversificación incesante, esa replicación, esa remodelación continua en base a todos los criterios variables que acontecen- que los niveles de consciencia y de normas, comportamiento, y sobre todo pensamientos y sentires, se encuentren… en el calabozo.

¡Sí, claro! En la Edad Media era diferente, sí. Pero tuvieron que pasar una serie de generaciones y, y, y… yyyyy…

Y, por ejemplo, la Iglesia Católica sigue con sus normas, y los sultanatos siguen con sus lapidaciones…

La llamada de atención orante se centra en ver cómo lo más sutil, lo más preciado, lo que realmente nos da la evidencia de vivir… es lo que está más estancado, más justiciero, más moralista, más… Y lo otro, pues está continuamente cambiando –como recientemente comentábamos-, y a no tardar mucho tendremos un ordenador cuántico que, sólo con proyectar nuestra intención, será capaz de hacer las operaciones que necesitemos, que demandemos. No tendremos que teclear ni nada.

Y ¡claro!, eso, comparado con las señales de humo… ¡hombre!, hay cambios, ¿eh? Y no parece que vayamos a volver a las señales de humo.

Es más: la potabilización del agua, la construcción de casas, la canalización de residuos… –cuatro cosas más-, la mejora de las ropas, de la calidad de los alimentos… –así, ¿eh?- han hecho duplicar, en apenas un siglo, la edad media de la especie.

Pero, ¡ojo! –y esto es… ¡bueno!, esto es importante; quitamos el “muy” porque vemos que hace poco efecto: “esto es importante”-. Es curioso que, en ese cambio organicista –no nos queda más remedio que seguir con ciertos dualismos-, ¿qué parte… qué parte de la consciencia inteligente y emocional ha contribuido o ha colaborado para que se alcance, por ejemplo, esa supervivencia?

¿Hay menos celos que antes? ¿Hay menos cotorreos que antes? ¿Hay menos rabias que antes? ¿Hay menos venganzas que antes? ¿Hay menos torpezas que antes? ¿Hay…? ¿Hay…? ¡Ay!...

Pues no. Pues va a ser que no.

Al menos proporcionalmente.

Qué duda cabe de que la separación que hacemos entre lo material y lo inmaterial es ficticia; están íntimamente ligados. Sí. Pero la toma de consciencia del ser para participar –por ejemplo- en su longevidad o en cualquier otra cosa, es ¡pequeña!... comparado con lo racional y material y posesivo, que se desarrolla a un vértigo exagerado. “Exagerado”. Entre comillas.

Así, a vista de pájaro, hemos “ganado” –sic y entre comillas- hemos “ganado” en prejuicios, en xenofobias, en rabias, en venganzas…; por supuesto, en violencias… Porque la violencia se ha extendido. Ya no es solamente el palo y la pedrada. No, no, no, no, no. Ya es la sutil mirada, ya es el tenue comentario… ¡ufffff!

Eso no va precisamente a favorecer nuestra longevidad y nuestra calidad de vida, no; la va a ¡enrollar!, la va a ¡confundir!, la va a… ¡bueno!, a contribuir a una guerra permanente –en la que se está-.

¡Ay!... Nos pusieron… “carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre, huesos de nuestros huesos”, y no funcionó.

Nos pusieron “sudor de la frente y parir con dolor”, y ¡no funcionó!

Nos pusieron “a deambular y a conquistar toda la tierra”, y no funcionó.

Nos pusieron… Dijeron “¡Vale! Pues Tierra Prometida”, y cada uno se las prometió muy felices arrasando al contrario. No funcionó.

La verdad es que el esfuerzo de los dioses, de Dios, de la Creación, ha sido evidente. ¡Un esfuerzo… fuerte!, ¿eh? Pero así, a grandes rasgos, ¿no? Al menos en nuestras culturas occidentales –en otras es parecido, ¿eh?; ¡tampoco la cabalgata de las Valquirias cambia mucho las cosas!-.

Es más: todo lo bueno, alegre, satisfactorio y gozoso es perseguido, envidiado, apartado y poseído. En general, ¿eh?

En cambio, todo lo pobre, miserable, asqueroso, ‘peleoso’, dañino es, en alguna medida, la justificación perfecta para seguir igual que siempre.

O sea que las grandes inversiones divinas –con todo el respeto y con toda la… especulación- no funcionaron. En grandes números.

Si nos fijamos por un instante en cualquier país de nuestro orbe occidental, que es el más adelantado –ojo, ¿eh?, el más adelantado- vemos que sus normas, sus costumbres, sus leyes, su moral, su espiritualidad… tienen multitud –casi inacabable- de indicaciones, de párrafos, de apéndices. Y lo que se quiere decir es que… fíjense en una pregunta muy simple:

¿Es posible en algún lugar…? –de momento lo limitamos a Occidente, ¿vale?-. ¿Es posible…? –es una pregunta trascendente, ¿eh?, hay que prepararse-. ¿Es posible…    –¿se hace o no se hace?; sí, se hace-. ¿Es posible…? –bueno, ¡venga!-… ¡Eso! ¿Es posible, es posible, es posible… cumplir –lo que se llama “cumplir”- con todas las normas, costumbres y leyes que están establecidas? ¡Todas!

La respuesta yo creo que es evidente. Es: No.

.- Pero están establecidas.

.- Sí.

.- Y cuando por alguna razón no cumples alguna de ellas, ¿te pueden ‘prejuiciar’, juzgar, condenar y castigar?

.- Sí.

.- ¡Ah!

Es decir que, en última, en primera y en mediana instancia, cada uno se adapta negando; incumpliendo. Pero los impositores de normas y de todo ello lo saben. ¡Claro!, ¡claro que lo saben! Y es importante que así ocurra.

¿Por qué? Porque así se puede castigar; así se puede ‘prejuiciar’; así se puede criticar; así se puede hacer daño; así se puede… –¡claro que se puede!- destruir; así se puede demostrar que tengo fuerza; así se puede demostrar que mi razón es la verdadera; así se puede demostrar la calidad de mi violencia.

No eran esos los tratos que nos da la Providencia.

El Sentido Orante nos plantea –partiendo de las evidencias de que la vida persiste, perdura, continúa-… que hagamos de nuestra consciencia una vía transparente, una vía de concordia, una vía de respeto…; una vía sin aprovechamiento, una vía sin posesiones, una vía sin juicios, una vía convivencial que sepa descubrirse continuamente; sepa asimilar y disfrutar del regocijo de cualquier acontecer que en vida se dé.

Y como Escuela de lo Interno, el Sentido Orante nos recala en nuestro interior, para que ejercitemos esos sentires… ¡y podamos ser realmente intermediarios liberadores!, ¡intermediarios de alivio!, ¡de consuelo!... de cura, de sanación.

¡Intermediarios! No, impositores de obligaciones, de catalogaciones; dispensadores de castigos o críticas gratuitas que ocultan el propio desasosiego.

Que ese cultivo de “lo Interno”, que procede de la influencia del Misterio, tenga su reflejo en ese hacer: en ese hacer de nuestros sentidos, al ver, hablar…; en ese hacer de nuestra consciencia, de expresar, opinar…

La ‘común-idad’ humana, como su nombre indica, es –por naturaleza- una continua dádiva, un continuo dar y darse en común. Y para que esto suceda, para que esto ocurra –cosa que no sucede y que no ocurre, salvo en los sectarismos particulares- tenemos que vernos libres de prejuicios, y dispuestos a sintonizar con opiniones, ideas, proyectos… que quizás no estén en nuestra agenda, pero tenemos que escucharlos; tenemos que dejar que nos den, y nosotros dar. Y en ese darse mutuamente, podamos conseguir, paulatinamente, darse de verdad; no, darse golpes; no, darse en el sentido de golpearse… sino darse en el sentido de encontrar ¡algo en común!... que nos permita darnos.

Y esto acontece en la llamada orante, cuando se hace una llamada para poner en evidencia, para aclarar, para sugerir, para… guiar. Para establecer referencias que no son impositivas ni obligadas, ni vengadas, ni rentistas. Son el auxilio.

Sí; son consecuencias de medidas de auxilio ante el deterioro, ante el desafuero de la especie.

En el año de la Innovación y de la puesta en marcha, puede ser el mejor receptáculo para renovar las liberaciones.

Para desatar las raíces de estabilización, las que no permiten nada que no sea su propia opinión.

Que las razones y las lógicas establecidas, que son en el fondo persecuciones de prejuicios y castigos, no anulen las emociones, los afectos, las admiraciones, las complacencias, las posibilidades de sentirnos inmersos en el Amor permanente de la Creación, y que seamos capaces de reflejarlo a nuestro entorno, con nuestra especial y particular dedicación. Y que en ningún caso sea… un hacer a costa del daño “de”.

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La Oración que realizamos es una Oración que no está circunscrita a ninguna religión. Creemos que la Oración puede ser un instrumento Liberador y Sanador. Y tiene como referencia a la Creación, a las diferentes Fuerzas que nos animan sin entrar en ponerle un nombre u otro. La creencia de que la Oración es un elemento indispensable para nosotros, nos llevó a crear un espacio dedicado exclusivamente a la oración: “La Casa del Sonido de la Luz”, un lugar situado en el País Vasco , en Vizcaya, en la estructura de un caserío. Allí se realizan encuentros orantes y jornadas de retiro.

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“La Casa del Sonido de la Luz” ARGI DOINU ETXEA se encuentra en la localidad de Ea, Vizcaya. Un espacio abierto para los alumnos de la Escuela Neijing, los cuales pueden realizar estancias de 1 a 5 días.
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