La consciencia de “el mal” y el miedo

 

Y ocurre que, a nuevos momentos, nuevos miedos; a nuevas circunstancias, nuevos miedos; a nuevos proyectos, nuevos miedos. ¿Son realmente nuevos?

Cuando se gesta –por el Misterio de lo desconocido- la Comunicación Orante, el hecho supone un sistema que nos orienta, nos referencia y nos auxilia.

Y en ese sentido no es un recurso de nuestros miedos. Porque sí ocurre, habitualmente, que el ser plantea su dinámica orante en busca de solucionar, de evitar, de mejorar la vivencia de los miedos, en sus muy diferentes facetas.

Esto, aunque no es la esencia –como acabamos de expresar- de la aparición del Sentido Orante, nos da también una pista acerca de los miedos en general. Si lo más sutil que tenemos como “consciencias” –expresión de vida- es orar, ¿qué papel juega el miedo?

Ninguno.

Si en lo sutil hay algo que no juega un papel propio, probablemente nos indica que el miedo sea una adquisición, una aparición consecuencia de la pérdida de comunión con lo Creador, con lo Original, con lo Misterioso, que conlleva una pérdida de confianza hacia sí mismo. Y, en consecuencia, una respuesta de relación al medio, dudosa, insegura, miedosa.

Y ocurre que, ante la falta de confianza, los que tienen más confianza –no decimos “los que tienen confianza”, los que tienen “más” confianza- se imponen por su capacidad, sus recursos, sus menores dudas, sus mayores decisiones. Y esto genera, en los desconfiados, miedo.

Además, ante este tipo de reacciones, la idea genérica de lo Misterioso, de lo Creador se ‘antropoformiza’, es decir, se le da cualidad humana, súper humana, súper poderes, súper castigos… Y repasando culturas o civilizaciones, lo que nos dejan en sus desapariciones son vestigios de miedo. Y por miedo al castigo se hacen sacrificios… de todo tipo, como si de un rey justiciero se tratara.

Poco a poco, se fue gestando –para instaurar el miedo como una necesidad, como una necesidad evolutiva de sapiencia-, se fue instaurando “el mal”.

Una idea que, por una parte, tiene sus posibles orígenes –o mejor dicho, una parte de sus orígenes-, en fenómenos llamados “naturales”, como volcanes, terremotos, tsunamis, sequías, diluvios…

Pero más bien –como sabemos por la interpretación general de la historia-, éstos eran castigos divinos provocados por un mal hacer humano. “Un mal hacer humano”.

Así que “el mal” se hizo presente a través de los que más confianza prestaban a sus capacidades… y, ¡ojo!, los que más –más, simplemente más- confiaban en sus plegarias y presentían ser elegidos o designados como representantes, como equivalentes de lo Divino.

Como vemos, despacio, poco a poco, se fue estableciendo una red que básicamente se hacía poderosa con “el mal-miedo”. El mal generador de miedos.

Si nos fijamos con más detalle, esos que tenían más confianza, más sintonía… son los que en mejor posición estaban con respecto a la Creación. Por supuesto, eran los que menos miedo tenían. Pero su excesivo ejercicio, bajo esas premisas, hizo que sus acciones encarnaran “el mal”, para… o como referencia de los que no confiaban, de los que no creían, de los que desconfiaban.

El Sentido Orante nos advierte, nos susurra despacio… que, en la medida en que el vínculo del ser con la Creación, con el Misterio, con el Amor que nos hace nacer cada día, se ejercita, se siente…, se percibe su Grandeza y su inabordable proporción como Misterio y como… otras dimensiones en las que no nos movemos: estamos, pero balbuceamos.

Sí; es cierto que, bajo un prisma de referencia de consciencia, “el mal” existe. Pero, bajo el prisma del Sentido Orante y del Misterio, y de la génesis de nuestra Creación a través del vehículo del Amor, “el mal” no existe.

Existen egolatrías, idolatrías, egoísmos, vanidades, banalidades, vulgaridades… Ya. Pero eso no podemos identificarlo como un espíritu malo o maligno al cual tenemos que tenerle miedo.

Si amamos, ¿alguien o algo nos puede arrebatar esa experiencia, esa sensación?

El mayor de los miedos nos puede torturar, nos puede encerrar, nos puede perseguir; hasta casi nos puede convencer de nuestro error por amar, pero… si el ser se hace consciencia amante a través de su Sentido Orante, “el mal” desaparece, no está, porque nunca ha existido. Ha sido una maniobra que ha surgido fundamentalmente por los seres desconfiados, desconectados; no por los seres preponderantes, dominadores… ¡No!

El ser, en su estado de “infancia” –como sabemos-, no tiene la consciencia del miedo. Va descubriendo aconteceres, actitudes, sucesos que le advierten que el fuego quema, que el frío duele, que el grito alerta…

Ahora, evidentemente, si desde temprana infancia, sin existir el mal y el miedo, se le educa, se le prepara para que se defienda, para que sepa atacar, para que no confíe, para que dude… entonces tenemos una fábrica perfecta de miedos, poderes y males.

Y cada uno empieza a replicar: “Es que esto lo he hecho mal”… Y a continuación: “Por haberlo hecho mal, tengo miedo a repetirlo. O… antes de repetirlo, me castigo”.

Nuestros niveles de preocupación, nuestros niveles de atención, nuestros niveles de alerta y nuestros niveles de alarma nos permiten relacionarnos con cualquier situación, bajo el apoyo incondicional orante… sin asumir como “natural” –o como “necesario”, incluso- el miedo y la presencia de “el mal”.

Realmente, cualquier acontecer tiene el valor que le queramos asignar. Y los valores que asignamos a las situaciones dependen, evidentemente, del momento histórico, cultural, social, político y económico que vivamos.

Si le damos valor a una amenaza… y huimos o nos enfrentamos, estaremos en condiciones –claro está- de hacer miedo, de tener miedo… y de ser malos o buenos.

Claro. Luego vinieron organizaciones complicadas y obtusas que establecieron normas, leyes, costumbres… según las cuales había cosas malas –malas, malas- y cosas buenas.

Fíjense: del sacrificio humano a los dioses, que era un privilegio para el sacrificado, a pensar ahora que eso es una barbaridad, que eso está mal… Entonces estaba muy bien… y, según su estado de consciencia, les funcionaba. Y los diluvios cesaban ante los sacrificios, y las lluvias llegaban ante los sacrificios; que luego dejaron de ser humanos, para convertirse en los de otros seres domesticados, controlados, dominados… por el miedo y el mal que los humanos proporcionaban.

Ahora nos toca vivir, con la revelación de “el Cristo”, la era económica, el “Homo económicus”. Su vida fue entregada por 30 monedas, ¿no? Y él exclamaba que “Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Era el anuncio evidente de que “Tanto tienes, tanto vales”. Era el anuncio evidente de cuánto vale –en monedas- una persona, cuánto cobra este sicario o cuánto invierte este sistema, estos políticos, estos ejércitos, en su capacidad de aniquilación y de gestación de miedo

Si asumimos la confianza en nuestra misión, si se asume la confianza del ser de humanidad en su misión, como sumiso a la obediencia de vida y al deber –por su creación- a cumplir, no tienen cabida –si se asume eso- no tienen cabida “el mal” ni el miedo; o el mal que produce miedo –porque a veces se pueden separar, sí-.

Si dejamos que el hedonista importante y ególatra ganador se aplauda, y no lo reconocemos como superior, probablemente se agote, se replantee su posición.

¿Quiénes llevan a la fama a unos y a otros, y los hacen poderosos? Los que se sienten incapaces, los que se sienten inferiores, los que se sienten dependientes.

No son ellos con sus facultades. Son los que se sienten inferiores los que les atribuyen facultades y valoran sus facultades, con independencia de que sean facultades que nos gusten o nos disgusten.

Y aquél canta bien… “¡Ah! Pues que cante. ¡Qué bien! ¡Que cante! Pero eso no significa que yo no pueda cantar. Eso no significa que él sea el bueno y yo sea el malo”.

Ahí empieza el miedo: “No. Es que no me atrevo a cantar. Es que está cantando fulanito de tal”.

Y quien dice el canto, dice el número, dice el picar, dice el conducir… ¡cualquier cosa!

Evidentemente, hay referencias de seres que han adquirido, por su función misteriosa, una capacidad de ser referenciales. Cuando son auténticos, ¡no dan miedo!, no castigan; tratan de ser consecuentes con las situaciones de cada momento. No son malos para unos, y buenos para otros. Pero si se está con esa consciencia de “malo” y de “miedo”, y ésa es preponderante, será difícil descubrir, asumir y obedecer a las referencias que la Creación ofrece con objeto de sintonizar todo el vivir en un júbilo permanente.

Es sentido de ánimo enamorado, de ánimo de consciencia de vida, de vida de eternidades, lo que nos puede colocar en esa disposición de valor, de descubridor, de indagador, de impresionador… de las manifestaciones de la vida. Y, en consecuencia, sin temor; con prudencia y respeto; con alianza y bondad.

¿A qué hay que temer…? ¿Dónde, dónde está “el mal”?

Hay que insistir en que esta idea supone una capacidad cognitiva amplificada. En cuanto nos descuidemos, y veamos un bombardeo o veamos un acto terrorista o cualquier barbaridad, señalaremos inmediatamente “el mal” e inevitablemente acogeremos el miedo como nuestro mejor aliado.

¿Acaso es un triunfo para un poderoso, el aniquilar a un menesteroso? ¿Acaso lo pondrá en su hoja de ruta como un gran éxito? ¿O, más bien, eso le hará vil ante otros poderosos? Y así, en esos sistemas de miedos y maldades, la verdadera autoridad de la maldad se mide en base a maldades similares que han sido vencidas.

Y ahora bien: si nos mantenemos sin ánimo de maldad, sin ánimo de revancha, sin ánimo de rencor… ¿qué interés sobre nosotros puede tener el vencedor, el que tiene la consciencia de la prepotencia de la razón?

Pero es preciso insistir en no quedarnos, en consciencia, en lo concreto. Sabemos que existe –¡claro!- y que está –¡claro!- y que duele –¡sí!-. Pero se pretende que deje de existir y que deje de doler porque ya no exista. Y para ello hay que asumir una posición espiritual, anímica y responsablemente solidaria, con la Creación y la vida.

Y así es posible que se modifiquen esos parámetros que nos atemorizan, que nos aterrorizan, que nos horrorizan.

Y, sí, necesitamos convivir simultáneamente con injusticias, maldades, atrocidades, pero a la vez –simultáneamente- ejercitarnos en esas posiciones en las que, en nuestro estar, ser y hacer, no tienen espacio ni “el mal” ni “el miedo”…

Reivindicando la bondad, la generosidad, la solidaridad, el respeto…

Todos los días se habla de “la guerra económica”, “la guerra económica”… Y como es propio de la guerra, hay miedos, hay vencedores, vencidos…

Si nos dejamos llevar por esa dinámica, sólo seremos –pronto, antes o después- perdedores. Y con esa consciencia nos quedaremos.

Y como mucho, resurgiremos como depredadores.

No es eso… el vivir.

El dulce manantial brota siempre para el sediento…

Disfruta siendo generoso…

Y se complace… el que tiene sed.

***

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La Oración que realizamos es una Oración que no está circunscrita a ninguna religión. Creemos que la Oración puede ser un instrumento Liberador y Sanador. Y tiene como referencia a la Creación, a las diferentes Fuerzas que nos animan sin entrar en ponerle un nombre u otro. La creencia de que la Oración es un elemento indispensable para nosotros, nos llevó a crear un espacio dedicado exclusivamente a la oración: “La Casa del Sonido de la Luz”, un lugar situado en el País Vasco , en Vizcaya, en la estructura de un caserío. Allí se realizan encuentros orantes y jornadas de retiro.

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“La Casa del Sonido de la Luz” ARGI DOINU ETXEA se encuentra en la localidad de Ea, Vizcaya. Un espacio abierto para los alumnos de la Escuela Neijing, los cuales pueden realizar estancias de 1 a 5 días.
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