Aún no se ha superado la supervivencia

 

Quizás, el origen de… exaltar y llamar la atención de los dramas, tragedias, complicaciones, desesperaciones… de la especie, obedezca a la larga historia que supuso y supone el sobrevivir, el supervivir…

Y curiosamente, una larga historia que, en el principio, pudiera deberse a factores externos, a dificultades de adaptación… como cualquier otra dinámica de vida.

Superadas esas dificultades –hasta cierto punto-, el reclamo significativo que tiene para la consciencia lo dañino, lo perturbador, lo dramático… proviene ahora de la propia especie.

Un cuadro de desadaptación de la propia especie en sí misma.

Si bien ante el entorno –en otros tiempos y ahora- la especie se une, se solidariza, se compromete para resolver, para consolar, cuando esos momentos álgidos pasan… la comunidad humana se declara enemiga de sí misma.

El Sentido Orante nos avisa, en este momento de la historia, de que aún no se ha superado la supervivencia, la sobrevivencia…; y que se está aún… buscando la forma de no desaparecer, puesto que la amenaza de la propia especie es significativa, hacia ella misma y hacia todo el entorno.

Pareciera que la dotación que tiene cada ser… y la capacitación como especie, estuviera abandonada o desesperada por la incapacidad de resolver las vivencias de su propia convivencia.

Hasta se dijo –por tener una referencia- que “el hombre es un lobo para el hombre”.

Por una parte, pareciera que, una vez conquistado el medio ambiente, la mejor y la más atractiva conquista son los propios semejantes, porque son los que más resistencia y más impedimento van a poner; y que cada uno a su nivel funcionara de esa manera.

Olvidados del origen creacional, queda el vestigio de esa Fuerza Creadora; pero queda ese vestigio, en forma de autoridad, en forma de poder.

Y así se muestra –como humanidad- a seres que reclaman su dosis de autoritarismo, para mandar, ordenar, clasificar, determinar…, y un largo etcétera de ejercicio de poder. Como si fuera “divino”.

La teórica sapiencia, en vez de convertirse en un aleluya de “gracias” por ser un motor de asombro y maravilla ante la Creación, se convierte en un cúmulo de logros personales –o grupales- a partir de los cuales se establecen competencias de unos con otros. 

Se deja de reconocer la disposición Creadora… de ir mostrando sus secretos, pero manteniendo su Misterio.

Y se asume el descubrimiento como algo… de un logro personal, grupal, gubernamental, estatal, imperial…

Y es así como lo perturbador adquiere protagonismo. En cambio, lo conciliador guarda silencio. ¡Se esconde! ¡Incluso a veces se avergüenza!

Pareciera –y de hecho algunos lo creen- que la guerra es el imprescindible mecanismo de purificación; que cada X ritmos de tiempo debe aparecer, con crudeza y crueldad, para restablecer lo que queda… con ánimos de superación.

Y cabe preguntarse: ¿En qué estadio estamos ahora? 

Si vamos parte por parte del asentamiento humano, en cada lugar tendremos características particulares, diferentes, pero sí ese nexo común de resaltar lo doliente y silenciar lo gozoso.

Si agrupamos la misión… la misión de visionar toda la comunidad humana, la resultante podría ser la de que es una especie en plena guerra crónica, que hace de ésta –la guerra- un estilo de vivir. Y sobrevive… ¡a sobresaltos!; a sobresaltos de ¡miedo!

Insegura de su capacidad, y soberbia de conocimientos…, cada grupo o cada ser hace prevalecer sus intereses sin mirar las repercusiones.

¡Ay!...

La palabra se hace queja… que, a veces, se convierte en lamento; otras, en susurros de lágrimas…

Esa queja continuada en cualquier configuración… es un signo de incapacidad manifiesta para conseguir un equilibrio, una armonía. Y eso debería ser suficiente para reclamar-se otra visión que no fuera la del exclusivo protagonismo, y referenciarse en el Misterio… y sus lenguajes. Y, así, apercibirnos de los cuidados, de los recursos, de los medios, de nuestras capacitaciones… como producto de una Creación Innombrable.

Las diferencias de calidad de vida… sin que sean uniformes los criterios, pero las diferencias de calidad de vida, en grupos de criterios, es ¡tan grande!... que resulta casi un abismo el encontrar una uniformidad, una cercanía “solidaria”.

Cada ser, en su íntima estancia, está llamado a permanecer, a sobrevivir, a ¡supervivir!... bajo el signo de la ignorancia inocente y gozosa, que se sabe –como el infante- cuidado por quien sabe, cuidado por quien conoce…

Esa estancia de intimidad, ese escondite de fe… está disponible, está ¡vivo!

Así que, conscientes de este incremento de consciencia destructora, consciencia de extinción, nos debemos alertar y alarmar –¡sin miedo!- acerca del saber de nuestra naturaleza. Y ese saber no es el saber del poder de la mente, ni el saber de… los conocimientos que llevan al control y al poder. Es un saber de ¡fe!... Es un saber que sabe… que no sabe. “Sabe que no sabe”.

¡Sabe y tiene la consciencia de que habita en un infinito!… Y que cualquier proyecto de poder y de autosuficiencia es un secuestro de la verdadera naturaleza del ser, y está condenado al fracaso.

Los triunfadores, los poderosos, los controladores… de la propia especie, nos muestran sus habilidades desde sus torreones, desde el vértice de sus pirámides…, ¡y nos animan a ascender hacia ellas!, mientras nos eliminan en el ascenso.

Y así se mantienen, entre castas de poder, sucesivas posiciones de establecer infinitas diferencias; de tal forma que uno vive de los residuos del otro; y el otro, de los residuos de ése; y ése, de los residuos de aquel otro…

El progreso… se convierte así en una expresión de guerra, de alcanzar la cima, de competir, de usar… al entorno y a otros, y dejarlos por las cunetas o los caminos.

Así se asegura la guerra crónica, la queja institucional, el desespero organizado, el olvido de la complacencia, la desconfianza permanente, ¡con un miedo de huida!... haciendo cada vez más difícil la convivencia.

Despertando a estas visiones, que pueden ser catalogadas… –también lo tenía previsto el desespero- catalogadas de exageradas, de impensables…, con esa estrategia, si no se está alerta y alarmado, con esa estrategia se seguirá en la ignominia de una ignorancia provocada y, en consecuencia, en una repetición continuada crónica, guerrera, de cronicidad.

Apenas, ¡apenas si aspiramos a sobrevivir!... entre miedos, indecisiones, ¡dudas!… 

¿No es eso acaso evidente?

Y en esa tesitura, ¿no es cierto que el ser no encuentra, en su egolatría, soluciones?

Darse cuenta de estos procesos nos tiene que hacer… enarbolar la bandera de Universo. Nos tiene que hacer ver la expectante e increíble superabundancia Creadora, en relación con la miniatura de la existencia, de la vida.

Y es así como podemos vibrar en la fe, descifrar las Providencias y seguir sus designios, para poder crear y recrearnos en la complacencia de vivir… y en el desahogo de sabernos cuidados, dotados, ¡capaces de supervivir! 

Y reconocerlo, no por nuestros voluntariosos esfuerzos, sino por esas casualidades misteriosas que nos llevan en volandas, y que no nos descubren más… porque, apenas con lo poco que nos han dejado ver, no lo hemos sabido manejar.

De ahí la necesidad de esa ignorancia inocente que confía, ¡que cree!, ¡que ‘creativiza’ el día a día!... en base a la fe que providencialmente aparece…; que se insinúa en cada esquina.

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