Es tiempo de promesas

 

Es tiempo habitual de promesas. También es inevitable tiempo de reflexión, de quietud, de revisión, de evaluación…

Un ritmo culmina, y se va gestando la manifestación de otro.

Y el Sentido Orante nos llama hacia el descubrir de cada uno; esas promesas que, en la sinceridad del ser, son necesarias para cada uno y, a la vez, muy necesarias para el entorno, que a veces se puede precisar, pero otras veces no.

Cada cual es protagonista anónimo de multitud de respuestas anónimas que captan nuestras variables, nuestras actitudes, posiciones, dicciones…

Y ese escuchar anónimo es semejante a cada uno de nosotros, que a su vez emite sus promesas.

Todo un mundo de burbujas. Algunas se juntan con otras y hacen burbujas grandes. Otras… apenas se manifiestan y se diluyen; no prosperan.

Cierto es que también es habitual la multitud de promesas… –que, en definitiva, son encargos antiguos o no cumplidos, o deberes no atendidos- que precipitadamente buscan auxilio en el nuevo ritmo. Pero, ¡ojo!, el nuevo ritmo trae sus nuevas demandas.

¿Y qué se va a hacer? ¿Se puede con todo? ¿Con las nuevas innovaciones, y con las esperanzas, ilusiones, fantasías… no cumplidas?

Y sucede a menudo que se mezcla lo pendiente, con lo imperioso de cada día, del nuevo amanecer, y el ser se tambalea por momentos porque… a veces se siente rémora, y otras, entusiasta de lo nuevo por hacer.

La sugerencia orante es que vayamos lo más ligeros posible: sin rémoras del pasado; sin la carga de caducidades. 

¡Claro! Cierto es que, también en estos días, el ser se precipita y quiere resolver lo que no se hizo cada día.

¡No! No es el precipicio la mejor forma de descender… Y sí es posible recogerse en lo transcurrido, lo que en recuerdo vivo permanezca, y de todo ello rescatar una posición ‘de-bida’: de “lo que se debe”… y “lo que es vida”; y que seguramente será… –si se hace afán en ello- será una actitud, una palabra, un cambio de costumbre, una posibilidad de certeza de que se va a realizar. Y una… –desde el Sentido Orante- una serena calma y ¡apasionado afán!... de que no nos van a echar en cuenta esto, aquello o lo otro, si hemos recogido todo en una pequeña… –todo es pequeño- en una pequeña respuesta.

La confianza en lo Creador nos hace posibilitantes, nos hace confiar en ese Misterio. Y con esa pequeña-gran-resolución de todo lo pendiente, en una posición, podemos ya atrevernos a sugerir promesas bajo… –en este caso- bajo el auxilio, la ayuda, el cuidado Creador, en torno a innovar y poner en marcha esas innovaciones.

Pero si vamos cargados con lo pendiente, y no llevamos una ligereza suficiente, serán promesas baldías que no… que no dan respuesta a lo que se nos pide.

Habitamos en un Universo desconocido. Apenas si balbuceamos algo de luz visible, escasa… en un lugar sin referencia del Universo; que se expande…; que parece alejarse, y a la vez parece acercarse a lo Infinito, si es que se puede uno acercar a lo Infinito.

Y en ese estar, nunca estamos en el mismo sitio. Y, además, siempre se está innovando, porque nuevos espacios se crean cada vez que el Universo se expande, que es permanentemente. Y ahí estamos. ¡Tenemos que aspirar a sentir que ahí estamos!... y buscar los vehículos de aquí… que nos posibiliten sentirnos “Universo”.

Si tenemos esa aspiración presente como caldo de cultivo, la innovación se hará frecuente. Sí, porque inevitablemente nos mueven, nos desplazan, nos colocan en otro sitio, “camino de”. Si de ello somos conscientes, evidentemente… no nos queda más remedio que innovar. ¡Y ni siquiera voluntariamente!, si se está en esa frecuencia de Universo. Luego le pondremos la voluntad y los utensilios para ponerlo en marcha. ¡Claro!

Así es como podemos entender que la Creación está con un diseño de propuestas, para promover esas novedades…, esas improvisaciones…, esas sanaciones de locura…

Ese innovar que no desdeña la textura de la experiencia de lo vivido, de lo sentido, de lo descubierto, sino que lo recoge todo y lo presenta… ¡nuevo! No recicla; no. Regenera, ¡se rehace!…

Cada ser tiene la percepción de reconocer, en su intimidad o en su comunidad, en su convivencia, en su compartir… cada ser, honradamente y honestamente, puede saber y sabe lo que precisa, lo que necesita hacer, lo que demanda su vocación, lo que siente que debe… promover, actuar o estar.

También… –también, puesto que la vida es social- también sabe de las necesidades de otros. 

Y también sabe –en tercer lugar- de estrategias o de maneras de participar en esas necesidades de otros. 

Así que hay como tres facetas en cada promesa: la promesa hacia sí mismo, la promesa hacia descubrir lo que otros precisan, y la promesa de participar en ese compartir urgente que la humanidad precisa.

No es de oficio de vida decir “it’s not my problem”, no es mi problema. 

Sí. Sí lo es. Y en la medida en que sí lo es, me siento vida, me siento mundo, me siento planeta, me siento galaxia, me siento universo. En cambio, en la medida en que no es mi problema, me siento retraído, me siento oculto, me siento culpable, me siento extraño. ¡Condeno y condeno y condeno!… lo que me rodea; porque no es mi problema. O lo ignoro o lo ignoro o lo ignoro; porque no es mi problema. Pero así, “no siendo mi problema”, colaboro a que el problema se agrave. 

En cambio, cuando sí asumes tu participación –¡sin estar pendiente de si otros lo hacen o no!, ¡sin reclamar que los demás lo hagan o no!-, eres, como vida, una unidad participativa del Universo.

“Eres, como vida, una unidad participativa del Universo”. ¡Participa en su camino! Eso despertará y mantendrá tu consciencia de Creación. ¡Te hará devoto de un Eterno acto de Amor!... y no “un esquivo” que evita cualquier compromiso o cualquier participación, “no vaya a ser que…”“para garantizar que…”.

 

Vivir es la llamada a un festín de complacencias que nos llevan a un sinfín de Eternidades.

¡Y pueden parecer simples palabras!, pero las palabras son producto de Creaciones. ¡Ni una sola palabra!, ¡ni un solo sonido!... ha surgido por la especulación de una mente; de una mente humana. Han emergido por la inspiración Creadora.

Y la razón, en su preponderancia, nos puede decir: “¡Ah! ¡Qué iluso! ¡Qué ilusa propuesta de caminar hacia lo infinito! Aunque… aunque sea verdad, parece lejos e inalcanzable”

Pero es que la pretensión no es llegar –porque al infinito no se llega-. Es ir. Es ¡estar yendo!... en la complacencia de sentirme “universo”, de una forma particular llamada “vida”. Que nos la dan

Y, como un don que es, debemos cuidarlo; debemos situarlo en la justa dimensión. ¡No podemos arrinconarlo en una calle, en una vivienda, en un trabajo! ¡No!

Lo invisible de nuestra consciencia, de nuestra capacidad cognitiva –lo invisible, porque ello es invisible-, es la verdadera naturaleza del ser. Y por tanto es vuelo, es aire, es… ¡nada!

Cierto, cierto es que huesos, fascias, aponeurosis, órganos, uñas y dientes están ahí, y adquieren una particular constitución llamada “materia”, pero que es una concreción de esa consciencia.

En realidad sólo existe la consciencia –aunque no sepamos qué es la existencia-.

Y en un momento determinado del ritmo de ese transcurrir en lo eterno, en lo infinito, se adquiere una configuración, ¿verdad?: de niño, de niña, de perro, de gato… Pero es lo invisible lo que vuela, lo que se lleva, lo que va, ¡lo que lleva!: nuestra consciencia de ser, nuestro sentido de amar, nuestra inevitable atracción por la vida del ¡vivir!

¡Ay! En eso hay que estar. ¡Ese es nuestro estar! Y así podemos darnos cuenta de cómo nos llevan, y a qué vertiginosa velocidad, sin sentir vértigo; más bien complacencia, más bien dignidad.

¡Sí! Cuando escuchábamos esa frase del Soplo Krístico: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa –como estructura, como materialidad-, pero una palabra –una, como una promesa; unatuya, bastará para sanar”.

¿Y qué implicaba ese sanar?

Adquirir la consciencia. Hacer que la consciencia se recuperara. Hacer que la vitalidad se acrecentara.

Eso no es tangible. Eso es volátil.

Una palabra. Una promesa…

Pero sin caer en la tentación de la materialidad –que parece ser algo distinto, y es lo mismo pero configurado de otra forma-.

Y, así, cada “pro-mesa”… es algo que se pone encima de la mesa, pero no se ve; parece que no está. Pero, si nos aproximamos a la mesa y nos apoyamos en ella, sentimos que está.

Y eso nos dará el reposo, nos dará el alimento, nos dará el descanso, nos dará el estudio, nos dará… lo que está dispuesto a dar una mesa.

¡Sí! Sí, sí. Que la infinita Piedad de la Creación nos inunde. Porque está. Está, pero debemos invocarla… ¡para sentirla! Y, con ello, damos el aliento para quitarnos las culpas… y sentirnos limpios; mágicamente adaptables, como una pluma en las alas de un ave. Como una pluma que sabe, parece saber –¿o le enseña el viento?-… parece saber cómo apartarse en un hilo de su plumaje, para que el aire penetre y haga un remolino y… y en un par de batidas de alas se inicie el vuelo.

¡Ay!...

***

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La Oración que realizamos es una Oración que no está circunscrita a ninguna religión. Creemos que la Oración puede ser un instrumento Liberador y Sanador. Y tiene como referencia a la Creación, a las diferentes Fuerzas que nos animan sin entrar en ponerle un nombre u otro. La creencia de que la Oración es un elemento indispensable para nosotros, nos llevó a crear un espacio dedicado exclusivamente a la oración: “La Casa del Sonido de la Luz”, un lugar situado en el País Vasco , en Vizcaya, en la estructura de un caserío. Allí se realizan encuentros orantes y jornadas de retiro.

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“La Casa del Sonido de la Luz” ARGI DOINU ETXEA se encuentra en la localidad de Ea, Vizcaya. Un espacio abierto para los alumnos de la Escuela Neijing, los cuales pueden realizar estancias de 1 a 5 días.
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