Nuestra procedencia es volar en la inmensidad

 

Como humanidad, llegamos a estar transitando… en unos desfiladeros que comprimen, oprimen, impiden… premian y castigan.

Desfiladeros que “se supone” que… pasados por ellos, el ser se va a encontrar liberado, motivado, incentivado y entusiasmado… por haber superado la prueba.

Pero la prueba, las pruebas, se han hecho… hábito, costumbre, leyes, normas: “normalidades”.

Y vivir en ese desfiladero implica desconfianza, infidelidad, insinceridad…; “apariencias”.

Se ha labrado ¡tanto!, ese desfiladero, que las ansias de salir de él, de abrirse a otra realidad, parecen no existir. Parecen ser fábulas o historias fantásticas.

En ese desfiladero, mal que bien se vive y se progresa… ¡bueno!, con las normas de las estrecheces, las rigideces, las imposiciones… y las mentiras institucionales.

La Llamada Orante nos advierte de que la posición que ocupamos cada ser de humanidad, en la humanidad global… está en un momento de asfixia, de estrechez, de aprieto. De que los seres tratan de sobresalir sin progresar. Sobresalir unos sobre otros, sin miramientos.

Un atasco permanente en el fluir hacia el valle de la prosperidad; hacia el campo abierto de los bosques, selvas y desiertos.

El símil es fácil de captar, cuando contemplamos la convivencia en una gran ciudad, donde todo se comprime, se oprime y se… desespera.

Fue buscando la especie, en esas estrecheces, los tesoros, los secretos, los misterios… que parecían estar ahí encerrados y cuidados y atrapados.

E identificaron el transcurrir, con dificultades, con impedimentos, con riesgos, con daños, con dolores… como la prueba fehaciente de que se avanzaba, de que se estaba logrando descubrir, aprender y saber… de los misterios insondables.

Las altas paredes de las montañas, que constituían el embudo –la parte estrecha del desfiladero-, hacía que algunos miraran hacia arriba… e intentaran incluso trepar. Inútil.

Horadaron más aún el desfiladero para extraer recursos y remedios… en tal estancamiento. Y la humanidad se hizo crónica, ¡repetitiva!…

¡Imaginaba suspiros!… a través de las paredes, pero no se proyectaba hacia la salida.

Se encomendaba a sus superaciones, a sus capacidades, mientras se encharcaba o se secaba…; y se ahondaba más en su propia naturaleza, aislada del entorno, considerado como algo a explotar o enemigo a desconfiar.

¡Sí! Depende de en qué profundidad se estuviera, a veces se veía alguna estrella… o ¡quién sabe!

Ahí… –ahí, aquí-, en esta descripción se encuentra la especie.

Así nos refleja, la Llamada Orante, nuestra posición.

Nos advierte –desde el Misterio Creador- a propósito de nuestros recursos, a propósito de nuestra herencia, a propósito de nuestra procedencia… que es volar en la inmensidad; que no es ahondar en el desfiladero; que es salir a la inmensidad; que es contemplar el cielo abierto; que es respirar sin suspiros permanentes; que es contemplar… lo Infinito; no quedarse atrapado en lo mediato, en lo inmediato, lo de enseguida, lo de ahora…

Es… nadar…; nadar como “vuelo” en el que el agua es el viento; en el que el agua es el amar, es el sustento.

Y cuando llegan las lluvias… y el desfiladero se inunda, es el momento de nadar y nadar para salir, para descubrir la salida; para tener consciencia de salir de esa ‘atolladora’ y comprimida existencia. Es el momento de volar… nadando en el seno del Amar.

Y es así como es posible… que la consciencia de salida de la compresión comprimida se pueda realizar. Porque hoy está como obstruida; incluso tiene un “stop”: prohibido atravesar esta señal; prohibido… prohibido… prohibido. ¿Cuántos “prohibidos” hay?

Con tantos como hay, no es posible darse cuenta de que se está en un desfiladero comprimido y… legalizado. ¿Qué hay después de ese stop?

Y el ser de humanidad se empeña en su potencia. Y cuando llega la incapacidad, ya no tiene recuerdos, carece de memoria de su ligazón ancestral con el hilo de las estrellas, con las gotas del rocío, con el eterno amanecer…

Y en ese atasco monumental… las informaciones no vuelan. Las informaciones se contradicen. Se engaña, se maneja, se manipula. No se puede ir más allá de ese límite.

Y así, el ser queda condenado a sus leyes, a sus normas, a su ciencia, a su filosofía, a su creencia, a su religión…; a su pequeña pertenencia en el gueto de la encrucijada de no saber cómo fue la entrada, y si… ¿existe salida…?

La Llamada Orante nos reclama, como agua, como rocío que en cualquier circunstancia se derrama, que nademos en el Amar… que es el viento alado que nos trajo a este paraíso de Universo… y del que nos hemos apoderado. En vez de dejarnos servir por ello, nos hemos apoderado de ese viento amoroso alado que nos trajo. Lo hemos secuestrado… y apenas si andamos o nos arrastramos. A veces nadamos, pero pronto nos ahogamos. Y el volar es una imaginación tan… cada vez más parca, que se agota por el olvido.

Sí. El panorama es… entre angustioso y ansioso; sin adaptarse, con desespero, con unos sobre otros, como si espacio no hubiera…

¡Ay!... Pero la Llamada Orante nos insiste en nuestras aguas de nado, en nuestros despertares de “ama-necer”, en nuestras conciencias liberadoras, que tímidamente… apenas si se expresan, pero están. Están cuando lloramos, cuando soñamos, cuando por un momento cantamos… como intento de volar…

Sí: el canto se hace inspiración, suspiro… y propulsión.

E igualmente, cada palabra, cuando sentida brota –como manantial- del corazón, en ella nos zambullimos y nadamos para salir de ¡tanta opresión!, de ¡tanta represión!, de ¡tantas posturas!, ¡de tantas imposturas!... que se nos imponen, que nos imponemos, que ¡justificamos!… sin darnos cuenta de que nos estamos robando nuestra esencia. Porque, al poseerla, al intercambiarla, establecemos pactos de posesión, de ¡dominio!

Y la Creación no se hizo dominando. La Creación no se hizo poseyendo. La Creación no se gestó usurpando. Más bien… se expresó en un infinito… ¡largo!... y eterno vuelo de luminarias, de oscuridades…

¡Y está ahí, y continúa! No es algo que fue…

Y ese “saberlo”, nos debe inspirar, desde el desfiladero… al suspiro de nuestra esencia, a la recopilación de nuestra inocencia, a la consciencia de nuestra referencia, al despertar a nuestra liberada naturaleza.

Y así, dar el salto del canto, del vuelo, del nadar sobre sí mismo. El nadarnos y el salir de esa estrechez… en la que se ha convertido la mente, los sentires, los haceres…

Salir de ese agobio de prejuicios permanentes. Entrar en el vaho que va abriéndose a la luz… en el que los sentidos trascienden, visionan, escuchan, saborean, olfatean lo Eterno, acarician las nubes…

Y no por ello dejamos de andar, de curiosear, de relacionar, de descubrirnos en permanente contacto con todo lo que nos rodea…

Es… es tiempo –nos dice la Llamada Orante- de aspirar a liberarnos.

La estrechez aglomerada nos oprime, nos deprime, nos desespera…

Ahí… ¡ahí, ahí!… ahí está, aguardando, el embudo abierto hacia delante.

Las campañas que nos retienen, las amenazas que nos agobian… deben ponerse en referencia con nuestras esencias, con ¡nuestros verdaderos amores!, y entonces pierden, desaparecen, y nos abrimos como el nenúfar: nos esparcimos en el aroma; nos ofrecemos en la belleza…

Y nuestras palabras se hacen canto, “encanto”…

Sí, cierto es: desde el desfiladero, todo esto parece, así, un cuento de hadas. ¡Parece una historia… parecida a otras historias!

¡Pero no es una historia!... ¡Es un presente futuro!... Es un pasado que no se realizó…

Y ahora nos llama, la Creación, para que sigamos, para que ¡continuemos!… Porque quizás no hayamos empezado ¡aún!... en la dimensión que nos corresponde. Que inicialmente nos encapsulamos en la maravilla de lo que veíamos, y nos apoderamos de lo que se percibía.

Y así nos fuimos gestando en estrecheces…

Nosotros mismos construimos el desfiladero.

No era una trampa del destino. No era una prueba sobre nuestras capacidades. Era la expresión del egoísmo, de la suplantación… y del poder.

Tomemos consciencia de nuestras aguas. Tomemos despertares de ¡nuestros alientos!, ¡nadando y volando!…

Y despojarnos de nuestras corazas de seguridades… que nos impiden imaginar, fantasear, ¡amplificar nuestros sentidos!... para sentirnos unidos a la Eternidad, para percibir nuestra vibración de lo Eterno: ese que nos gesta cada día y que nos ama en las primeras luces.

“Ya” es muy tarde. “Luego” es ¡tardísimo! “Ahora”, tampoco.

¡Estamos!… Y en la toma de consciencia de todo ello, actuamos.

Y nos hacemos… ¡y nos hacemos eco!... de un Eterno Acto de Amor.

“Y nos hacemos eco de un Eterno Acto de Amor”.

Y esa es la consciencia que nos ¡proyecta!; que nos hace nadar y volar sin límites.

La Nada es el mejor compañero del viaje. De ahí surge siempre lo necesario.

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La Oración que realizamos es una Oración que no está circunscrita a ninguna religión. Creemos que la Oración puede ser un instrumento Liberador y Sanador. Y tiene como referencia a la Creación, a las diferentes Fuerzas que nos animan sin entrar en ponerle un nombre u otro. La creencia de que la Oración es un elemento indispensable para nosotros, nos llevó a crear un espacio dedicado exclusivamente a la oración: “La Casa del Sonido de la Luz”, un lugar situado en el País Vasco , en Vizcaya, en la estructura de un caserío. Allí se realizan encuentros orantes y jornadas de retiro.

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“La Casa del Sonido de la Luz” ARGI DOINU ETXEA se encuentra en la localidad de Ea, Vizcaya. Un espacio abierto para los alumnos de la Escuela Neijing, los cuales pueden realizar estancias de 1 a 5 días.
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