La Eterna Primavera

 

Hubo… –seguramente- tiempos en los que “creer” era… inevitable.

Salía el sol cada mañana y se ocultaba dando pie a la noche.

Seguramente hubo tiempos en los que… “creer” se hizo dogma.

Y por ello, se expandieron las creencias, y con ellas, las conquistas, las imposiciones, las reglas, las leyes…

Hubo tiempos en los que creer era ¡un deber!, y con ello se convivía como… como un aditamento más de la vida.

Luego, siguieron tiempos de ¡discusiones!... en torno a las creencias: unos creían unas cosas, otros creían otras. Y entre creencias y creencias se disputaban la verdad.

Vinieron tiempos en los que las creencias siguieron discutiendo, pero empezaron a declinar. Ya no era un deber ni obligación “creer”; ya no era un aditamento de la vida.

Y vinieron –y están- tiempos en los que… radicales creencias se aposentan, y emplean el miedo y todo tipo de violencias para reclamar su credo. Y a la vez –y a la vez- más y más… más y más incredulidad se genera.

Malos tiempos para creer.

Y creer es crecer, es ‘creativizar’, es confiar; es esperanza, es primavera…

Y todo este desarrollo, evidentemente, no es sólo de religiones y filosofías, ¡no!, sobre todo –“sobre todo”, aunque tenga esas representaciones religiosas, filosóficas- sobre todo es personal; que hace que luego sea social; que hace que luego sea universal –bueno, eso es mucho todavía, digamos “planetario”-.

Al dejar de creer unos en otros, las opciones de crecimiento, alianza, colaboración… –casi decimos “amor”- son inviables.

Sí. Se parte ya de un nivel de desconfianza; se parte ya de ocultar “parte de”; se parte ya… de lo partido, de lo resquebrajado; se parte del “ya veremos”, y obviamente, la tendencia es ver, entre lo peor, y lo peor que me puedo imaginar.

Y lo curioso de ese descrédito que el ser hace a los seres de su propia especie, lo peor de ese descrédito, es que cada desacreditador cree, ¡cree! –¡sí, cree!- que tiene la verdad, que tiene razón, que tiene sentido, que tiene lógica.

¡Es terrible!, ¿no?

“No creo en nada ni en nadie, pero creo que tengo razón. Creo que poseo la verdad y creo que mi opinión es la buena. Creo que mi visión es la exacta. Creo que mi juicio es el adecuado. Creo que mi condena es justa. Creo que mi castigo es… el adecuado.”

Parece que no se puede vivir sin creer.

Pero se ha llegado a un punto ¡crítico!, ¡cítrico, ¡ácido!...

Y el Sentido Orante de hoy nos advierte de esa situación, para que cuando los radicales… incrédulos, cuando los planteamientos ¡rompen y quiebran!, se alerten de que empiezan a creer… que el mundo es “lo que creen que es”.

¡No saben nada!

Pero como… en la manada, cada miembro se mueve en esa dimensión, todos creen saber la verdadera posición. Y están seguros de su creencia, con su carácter, con su criterio… En definitiva, con su imposición.

Es semejante al juego de billar, el pool, en el que una bola golpea a un triángulo de bolas agrupadas, pretendiendo encasillarlas en un agujero; semejante al juego del “bowling”, en el que una bola gigantesca se precipita sobre muñecos estructurados y destinados a ser dinamitados. Porque cada propuesta de creencia radical, en nuestro hacer cotidiano, que implique dominancia, soberbia… y –sobre todo- posesión de la verdad, es un golpe severo a la comunidad humana. ¡No es primavera!; no es estación. Es inmovilismo; es imposición…; es sectarismo; es… ¡terror!.

¡Sí!, semejante a lo que antes de ayer ocurrió en Inglaterra –por cifrar algo cercano y momentáneo-. Pero también, ayer, bombardearon salvajemente Mosul, y saltaron por los aires, “en el nombre de la verdad”, miles de seres… inocentes. ¡Inocentes!

Unos se catalogan de creyentes radicales; los otros, de incrédulos, pero creyentes de “su verdad”.

No es difícil… deducir… el porqué de una contienda, el porqué de un terror. No. Es fácil, bajo ese magma, esperar cualquier sorpresa.

No. No son buenos tiempos para creer; no son buenos tiempos para enamorarse; no, no son buenos tiempos para entusiasmarse.

¡Pero... pero a pesar de la omnipresencia, omnipotencia, y la decisión tajante de los que tienen y poseen la verdad, a pesar de ese caudal humano de ¡terror!, a pesar de ello… llega la primavera! ¡Y amanece, y anochece, y salen las estrellas! Y aparece el arcoíris… Y el rocío se hace invisible, pero llega.

No hace falta plantearse creencias. Somos producto de ello.

La traición, cuando usurpamos la verdad y decidimos el hacer irremediable, es simplemente… una traición, ¡sin más!; espesa, dura y retráctil; que no sintoniza con la Creación; que ha declarado la guerra a las galaxias, a las estrellas, ¡a todo lo que encuentra a su alrededor!, que no sea lo que el individuo crea que es, ¡que debe ser!, o ¡como debe ser! Se echa por tierra cualquier –¡cualquier!- experiencia, vivencia o… simple ilusión.

Porque la verdad propia ¡exige! ¡Exige importancia! Demanda… ¡valor! Un pulso a la Creación.

La oración nos advierte de esa posición que encela a los humanos en este tiempo; en este ritmo… de destrucción.

Puntualmente, amanece.

Puntualmente anochece.

Y con esa confianza, ¡con esa fe!, con esa ¡creencia!, despertamos y nos dormimos. Si no fuera por esa evidencia y constancia creadora, amorosa, generosa, ¡no habría vida!... Debería ser –en consecuencia- el vivir, el convivir, el compartir, el congeniar –el “con”: con amanecer y con anochecer-… depositar la misma confianza, el mismo credo, las mismas evidencias que cuando amanece y anochece. ¿No son acaso modelos, como lo es –a otro ritmo- la primavera, el verano, el otoño, el estío, el invierno…?

Constancia de creencias de… previsiones de vida.

Mientras la especie se desangra entre hambres, ignorancias, guerras, engaños, mentiras, estafas, vigilancias, persecuciones… y un largo etcétera, curioso, la Creación sigue confiando en la Vida.

Y parece que la Vida de humanidad sólo confía en la muerte. En la muerte de sentir, en la muerte de emocionarse, en la muerte de ilusionarse, en la muerte de convivir, en la muerte de deshacerse, en la muerte de consumirse, ¡consiguiendo así!… que el sentido de la vida sea la muerte.

Mientras, ¡la Creación se empeña en mostrarnos que el sentido de la Vida es la vida!

¡Sí! ¡Sí, sí! La Oración es primavera. Es primavera, porque recoge el deshielo de la desconfianza… y lo hace riachuelo, río y mar. Y en su paso… crece el vegetal, con su verde, con sus flores y frutos…; con “el alimento”.

Oración es alimento. ¡Es una Eterna Primavera!... que nos conduce a nuestro eterno origen de agua, ¡para hacernos sutiles ante la evaporación!, hacernos sublimes ante las nubes, y hacernos generosos ante la lluvia y la nieve.

Cada vez… cada vez que se abandona la Eterna Primavera, por la verdad personal de un invierno ya deshelado, el pétalo de una flor se marchita.

Las promesas de Eterna Primavera siguen ahí… creadoramente, a disposición del que quiera tomarlas, aspirarlas, ¡sentirlas… como ideales que son! Seguramente luego, después de un análisis concienzudo y una razón “lógica”, se destruirán. Pero… mágicamente –es difícil que el que destruye crea en la magia- pero… sí, mágicamente, ahí seguirán.

.- ¡Pero si la he destruido!...

.- “Has destruido”… ¡no! “Te has destruido”. La promesa sigue intacta. Tú crees haber destruido una promesa ideal, idealista, porque has descubierto, porque has creído, porque has descreído, porque te has desengañado, etc., etc. “Destrucción”.

Y el individuo cree que con ello ha terminado con esa promesa que la Creación ha brindado. No.

Darse cuenta de… el impedimento que el tiempo actual del ser impone: bloquea el libre circular de ese deshielo; desvía el cauce de las aguas; vacía la cuenca de los ríos…; hace al mar… entristecer; el Océano de Amor se lamenta: un llanto silencioso que se expresa en la orilla, cuando la ola tímida llega y derrocha su espuma. ¡No, no! No son espumas, son lágrimas. ¡Hoy!

¡Pero sigue insistiendo!… en llegar a la orilla, porque se sabe cómplice de las estrellas. ¡Se sabe que no pertenece a ninguna voluntad, y a ninguna humanidad! Se sabe que es ‘interpendiente’ de una Creación.

Y amanece y anochece.

Y en la escuela de la vida reina la Eterna Primavera; porque el creer en la promesa de vida… se hace oración permanente, y se hace alimento sin contaminar…

Pase lo que pase, seguirá.

***

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