Probablemente, uno de los tramas-dramas: “tramas-dramas”, o sea, algo que se va tramando y termina siendo dramático –decir “termina” es que culmina dramáticamente-, de la especie humanidad, es que probablemente, como herederos de la perfección del Misterio Creador, cada ser se va perfilando como… “el perfecto”.

Sí: el que no tiene error, el que siempre acierta, el que permanentemente critica a los demás, el que no encuentra virtud en los otros.

Eso es algo que continuamente se aprecia. Y resulta enormemente conflictivo.

Sí, porque, como es una repetición en cada ser, de la misma actitud, el conflicto está servido.

Por otra parte, cada uno trata de –en genérico, claro- mostrar en su grupo, en su mini-grupo, en su corpúsculo, en su país –depende de la proporción que queramos mostrar-, trata de evidenciar que sin él nada sería posible, sin él nada funcionaría, sin él nada…; ni los renacuajos nadarían.

Claro, ante eso, la corte –es decir, el entorno de esos liderazgos- se arremolina, se reconfina, se ríe o se rebela o se acomoda, pero… ninguna de esas soluciones es solución.

La permanente queja de cualquier situación, la continua protesta de diferentes posiciones, el acuerdo o desacuerdo con aquello o lo otro…, todo eso, indudablemente, además de retrasar lo comunitario, además de impedir la evolución, además de amargar la convivencia, además de inutilizar las capacidades, propias y ajenas, porque la cantidad de energía que supone tener siempre razón es brutal… cómo suena eso: brutal.

¡Claro!, para el ser preponderante es evidente que él siempre tiene razón. “¿Razón? ¡Ahhh!”. Y hace lo posible –claro- para evidenciar a los demás y prevalecer.

Y esto se repite y se repite, y se repite y se repite a lo largo de la historia de generaciones, de… 

Se repite.

El Sentido Orante “repica” –como las campanas- para advertir, al pánico renovador del preponderante, de los mandatarios poderosos en mayor o menor nivel, que bien está que sean conscientes del origen de su perfección, pero que no la impongan.

Al imponer una modalidad, al imponer una actitud… se desfleca cualquier comunión. 

No es de atino, el promoverse como… verdadero.

El Sentido Orante refiere, a “el liderazgo”, que asuma esa posición si el entorno lo precisa, si el entorno lo reclama, si el entorno lo reconoce, sin que el entorno pierda su capacidad.

Y cualquier liderazgo que se proclame en la única referencia, no procede como “auténtico”. Es un pequeño gran dictador de prepotencias.

¡Ay!, ¡ay! Es un vivir de amarguras, permanente.

El Sentido Orante toca una y otra vez a las puertas inexpugnables de los verdaderos, de los que reclaman su criterio como único y verdadero. Toca una y otra vez para rehabilitarlos de su prepotencia; recordarles que, desde que existe el mundo, el mundo es el que dice qué es, a través del Misterio, y se expresa y se manifiesta según impredecibles cauces.

El Misterio Creador llama una y otra vez para advertir que “el mundo” –esa palabra que no significa nada, pero que se entiende: “el mundo”- no está hecho específicamente para ti, para ti, para ti. ¡No! Está hecho al gusto de la Creación. Y los gustos creadores son inescrutables.

Y ¡qué bien que así lo sean!, porque nos permite a criaturas inferiores, en referencia a la Creación, disfrutar de la sorpresa, del descubrimiento, del aprendizaje, de no demonizar lo que no entiendo, de no condenar lo que… no estoy de acuerdo.

Con qué frivolidad cruel se castiga, se condena, ¡se critica! No es la suavidad con la que el Universo nos trata. No es… no es la belleza del progresivo amanecer. No son las luminarias del atardecer, que buscan su espacio. Tampoco son las plumas que bambolean, en su caída, el cortejo del aire. No. No son actitudes ni posturas que suavicen, como bálsamo… –¡ay!-..., las caricias de admiración.

Con qué suavidad ¡convencida!, sin vencer… por la evidencia de sus dones, la luz llega a nuestras vidas, abre nuestros párpados, activa nuestras funciones, reverdece la hoja, y hace evidente la flor y nos da el fruto. No necesita discutir con la noche. No. No la critica. No la insulta. Tampoco se cree la más importante. Es la que es. 

Y cada ser realmente es lo que es, es el que es, pero tiene que ser semejante a esa luz convincente, a esa suavidad del aceite que se desliza entre nuestros dedos, y a la caricia de la piel.

Dada la evolución de la actividad humana, siempre es buen momento para decir: “Ahora más que nunca. ¡Ahora más que nunca!”… Siempre es buen momento para decirlo. Porque es como si la voz Creadora dijera: “¡Ahora!, ¡ahora!”… como advirtiéndonos, cada vez que nos ofuscamos, cada vez que nos convulsionamos, cada vez que nos rebelamos contra uno mismo y contra todo lo demás…, “ahora es el momento de suavizarse, ahora es el momento de comprender, ahora es el momento de mitigar la queja, ahora es el momento de la amabilidad”. 

Y así, en base a “ahoras” y “ahoras” y “ahoras”, cumplimos con todas las “horas” y hacemos un día perfecto.

Esa es la propuesta Orante. 

.- ¿Un día perfecto? ¿Cómo es un día perfecto? 

.- “Ahora”. Ahora y ahora y ahora, y cada hora, reclama su perfección.

Y ahora ¡más que nunca!, es un imperativo categórico que nos reclama. 

.- ¿Y por qué “ahora más que nunca”? Hace X tiempo también se decía lo mismo. 

.- Sí. ¡Y se sigue diciendo! Porque parece que aún no ha llegado esa hora. Esa hora que es “ahora”, de inmediatez; que es “ahora”, de tiempo, para… evaluar los signos de la perfección. “Ahora más que nunca”. El “nunca” quedó atrás, también diciendo como un eco: ¡Ahora, más que nunca!

Y parece, parece, parece repetirse hasta que, en un instante –“ahora”, “en hora”- se dé esa magia perfecta. Ese concilio de sonrisas y acuerdos que no… que no tiene resquemor, que no le queda ardor de mente, que carece de crítica, de apunte, de… ¡bah!

Cualquier… cualquier momento despierto, en vigilia, es trascendente, es ¡vital! Es “más que nunca”. Es “ahora”, sin posibilidad de volver atrás… –aunque se lleve ese atrás consigo-. Pero el trascurrir nos llama a ese modelo de perfección que no es exigente, que no es imperativo, que no es cítrico, que no es queja, que no es combate, que no es preponderancia, que no es exigencia. 

Pero sí es sinceridad, sí es suavidad, sí es adaptación, sí es comprensión, sí es admiración, sí es sintonía, sí es idealismo, sí es creencia, sí es solvencia, sí es proyecto y alegría de saberse estar, saberse ver como bálsamo, saberse notar como ayuda, saberse aceptar auxiliado, y saberse… donarse como auxiliador.

 “Ahora, ¡más que nunca!” –vuelve a repetir el Sentido Orante- “ahora más que nunca”, por la situación que se vive: que se hace, por así decirlo, única y novedosa como experiencia para renovarse, rehacerse, reinventarse, reciclarse; asumir los comprometidos y libertarios sentires de amor, con renovadas expectativas.

Dejar el lastre, soltar el prejuicio… es como decir que el sufrimiento mereció la pena, el confinamiento mereció la pena, el dolor mereció la pena, la preocupación mereció la pena. Porque gracias a ese shock, gracias a esa inesperada situación, se puso en evidencia el papel, la hoja, la frase, la palabra de cada ser. Y nos llamaron para cumplirla, por estar capacitados para ella. 

Para, así, poder todos leer el libro del vivir, al estar cada palabra en su lugar, sin reclamar ni exigir ni criticar a la otra que está en la página anterior o en la página siguiente, asumiendo ser adjetivo, sustantivo, verbo, preposición….

Cualquier acontecer es creador y perfecto… No envidia.

Ahora, ¡más que nunca!, hay un toque de atención hacia la intransigencia. Hay un toque de atención hacia la comprensión. Hay un toque de atención para contemplar el acontecer de una manera complaciente. ¡No de una forma displicente, competitiva y arrogante!

Ahora… más que nunca, es la hora, es el “ahora”…

“Luego”, es tarde.

***

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