Evaluarse y considerarse en lo que realmente se es

 

Misterio es… la presencia de cada ser de humanidad… en un lapso llamado “vida”.

Y sentimos, en la consciencia, que cada ser tiene un sentido; un sentido en cuanto a función, acción, realización… Y todo ello viene, en alguna forma, codificado… por una serie de claves que, bajo nuestra óptica, son biológicas, pero que no están sujetas al “azar” desde la óptica orante.

Si aparece ese ser –cualquiera de los que conozcamos o desconozcamos, de los miles de millones que somos-… de ser así, como acabamos de decir, todo estaría perfecto: cada uno con su código, con su sello, con su papel, con su función… 

El plan es perfecto.

Pero sucede que… el bagaje que trae cada ser, se tiene que “presentar”… la cultura social, al pensamiento actual, la situación económica, las diferentes enfermedades, las legítimas mentiras, a…, más la oferta de modelos que cada sociedad, en cada tiempo, da, ofrece: ahora se lleva el modelo pop, o pink, o punk, o tin, o tang; y si no asumes esos modelos, probablemente te vean raro, como mínimo.

Es lícito preguntarse: “¿Pero cuándo se rompió ese ensamblaje… perfecto?”.

Cuando alguien o ‘álguienes’ –seguramente- se dieron cuenta de que había posibilidades de variar ese código, de hacerlo más fuerte o más poderoso, de hacerlo más ganancial, de hacerlo más… dominador, conquistador.

Y esa modalidad se fue extendiendo. Y se fue imponiendo la acción de esos nuevos… –¿nuevos?- cambios, sobre cualquier nuevo enviado, cualquier nuevo recién llegado que traía su código, su función. Pero… pero le dijeron: “¡Tú puedes ser… Carmen Sevilla! Tú puedes cantar… ¡de maravilla!”.

A otro le dijeron: “Tú puedes ser un gran piloto. Sí. Tú puedes ser Fernando Alonso. ¿Tú? ¡Pero si tú vales mucho! Tú puedes ser… un gran matemático. Tú te vas a comer el mundo. ¡Este mundo es pequeño para ti!... ¡Te lo vas a comer entero, de verdad! Ahora, en cuanto salgas del huevo, te lo vas a comer todo. ¡Vas a ir a cualquier parte, a cualquier sitio! ¡Éxito seguro! ¡Pero si tú vales mucho!...”.       

¡Claro!… la tentación es grande.

A todo esto, los núcleos más cercanos te animan en tu gran proyecto, o… a veces ocurre todo lo contrario:

“¡Pero si tú no vales pá ná! ¿Pero tú qué haces aquí? ¡Si tú no sabes ni hacer la “o” con un canuto!... Pero qué desperdicio de ser, ¡hombre! ¿Cómo se te ha ocurrido venir a este planeta? ¡Si tú sólo creas problemas, tensiones, dificultades!... ¡Apártate a una isla por ahí, donde no haya nadie!”.

Y eso, si te lo dicen varias veces seguidas, terminas siendo un isleño. Por ejemplo.

En cambio, si te dicen cincuenta veces seguidas que eres Marifé de Triana –otra famosa de la canción, del arte- pues… pues no terminas siendo Marifé de Triana.

Es como si te dicen:

.- ¡Si tú cantas mejor que Frank Sinatra!

.- ¿Yo?

.- Sí, tú. ¿Tú…? ¡Vamos! Sinatra… no es que haya aprendido de ti –porque llegó antes-, pero… ¡vamos!, no te llega ni a la suela de los zapatos. Es más, tú cantas mejor que Sabina.

.- ¡Hombre!, cantar mejor que Sabina no es tan difícil, sobre todo ahora que se vuelve afónico.

Y claro, todas esas –vamos a seguirlo llamando- “tentaciones”, inciden sobre un código que no está aún maduro; que está inquieto, que está inseguro. Por supuesto, el proceso de adoctrinamiento es tremendo: familia, padre, madre, país, escuela, colegio, título, competencia, trabajo… ¡Ufff!

La consecuencia es un ser que… intuye “ligeramente” para qué está, por qué está por aquí, pero incide diariamente en hacer lo que le imponen… a propósito de lo que tiene que ser y lo que tiene que hacer.

¡Claro!, como podemos suponer –y es evidente y claro el verlo- se constituyen sociedades muy desequilibradas: neuróticas, alcohólicas, paranoicas, sicóticas… –por nombrar así, “lo grueso”-, deprimidas, desquiciadas, desesperadas…

¡Sí, claro! Cuando se está en alguno de esos estados, se busca siempre algún culpable. Pues el culpable a lo mejor es el Siglo XVIII, o el Siglo XIX de nuestra era, o el siglo XXI, el actual. ¡Hala! ¡Cúlpale!

Porque ha sido desarrollado tanto el ego, en la planificación de modelar y cambiar el código que se trae, que el ser se cree prepotente, autosuficiente; y sobre todo se cree con el derecho a mentir, a ocultar. Y, en consecuencia, cuando entra en ese terreno de la inseguridad, de la indecisión, de la tristeza, de la rabia, del rencor, etc., pues siente… siente herido su ego. Porque él quería esto, quería lo otro, quería lo otro…

Sólo “quería”.

La batalla estaba abierta. Ante un código general al que a todos se les obliga a aceptar, y que contraviene el código particular para el que cada uno vino a ejercitarse, es inevitable el combate; es ineludible el choque.

El Sentido Orante nos muestra esta evidencia, sobre la que cada ser debe recapacitar; es decir, capacitarse para darse cuenta… y descubrirse en evaluarse y en considerarse realmente en lo que es, e intuir al menos el porqué de su presencia, y ejercitarse en ello, reclamando la posición que corresponda.

En ese sentido, la oración es un medioremediomaneraforma aplicación, para religarnos con nuestro origen y planificarnos en nuestra estadía de vida.

 

Me gestaste desde lo infinito…

Me pensaste… 

–sin pensar-…

en las líneas de las eternidades.

Me configuraste sitio, lugar y momento

y aparentemente me dejaste…

Me dejaste sin recuerdos de tu gestación

Me dejaste… sin… saber

y depositaste tu confianza en otros

para que me enseñaran

para que vieran quién era.

¡Ay! Pero los otros, 

aunque intuí que eras Tú quien los ponía,

los otros… se imponían,

los otros… me utilizaban,

me manejaban, me ¡hacían!…

Y aunque algo reclamaba exigiendo mi propio hacer

¡poco podía hacer!

Hasta parte de mi ser se convirtió…

en lo que los demás querían.

Y en esa conversión, poco había de lo que yo traía.

 

 

La plegaria era mi recurso de cada día,

era el Misterio de la confabulación con Tu silencio,

era sentir que de Ti emanaba la vida

y era –y es- reeducarme en no…

en no exigir, ni pedir, ni culpar.

Se diría, se diría que lo que se oraba cada día

era un intentar ¡recordar!

–lo que se oraba cada día era un intentar recordar-…

la esencia de mi sentido, 

mi posición… y mi aceptación.

Insignificante, sí.

Y cada vez que la plegaria… concluía,

la insignificancia como ser era ¡total!

Así se moldeaba algo fundamental: La Humildad.

Así se gestaba algo trascendental: La Sumisión.

Así se podía sentir algo… algo ¡propio!,

algo de mensajero…

–que somos todos-.

Así se podía intuir… cuál era la mejor actitud;

y que ésta no dañara, no preocupara,

no incomodara, no chantajeara.

 

¡Ay! De la insignificancia…

se pasaba a las acciones imposibles.

Realmente, las únicas que merecían la pena…

y las únicas que ¡resucitaban!

Sí, las únicas que nos resucitaban de… 

de las muertes seguidas que había sentido el ser, 

al tenerse que vender 

–por inevitable-

a la oferta que diariamente le daban.

En eso “imposible”,

lo extraordinario, lo impecable, 

lo elegante, lo bello, 

empezaban a tomar importancia 

y empezaban a ser características a tener en cuenta.

 

¡Ay! Y en esos procesos, 

¡cuántos fracasos se acumulan!... 

y estorban, y dificultan, y desesperan.

La humildad de nuevo se hace imponente 

y la sumisión se hace más trascendente 

para librarnos de esos llamados “fracasos” 

y empezar a considerarlos como virtuales, tramposos… 

Un abanico de olas tiembla en el océano. 

Creo que alguna de ellas me corresponde; no sé cuál es… 

¿¡Tan grande es el AMAR!? 

¿¡Tan grande es el AMOR que nos gestó!? 

Tiembla la superficie del mar,

con su oleaje diferente. 

Y ahí estoy yo, ¡y aquél y el otro y el otro!... 

buscándonos sin encontrarnos,

pero a la vez sintiéndonos… en el regazo adecuado.

 

Que sigan, ¡que sigan temblando las olas!, 

que por momentos siento su vibrar… 

¡como si aquélla o aquélla o la otra!… 

fueran mi ser.

 

¡Qué difícil se hace nadar! 

¡Qué agotados momentos llegan! 

¡Y es tan fácil dejarse llevar hacia la profundidad… 

y ahogarse en lo… vulgar!

 

¡Ay! Y cuando el nadar se hace agotador… 

y no se acepta ser “ahogado”…

sólo queda ser un flotador… navegando a la deriva… 

como aguardando que una gran ola lo sepulte.

Se confió tanto, ¡y se confía tanto en la fuerza del nadar!, 

que se traiciona la humildad. 

Y el agotamiento llega.

En cambio, cuando el estar en ese Océano de Amor 

no se hace con el interés de ganar, de soportar, de ¡aguantar!… 

sino se está como perteneciente –así es- a ese gran océano, 

las corrientes te llevarán por los senderos adecuados. 

Aunque no se entiendan.

¡Aunque de entrada no se acepten! 

La sumisión comprenderá… 

y nos dirá… lo sorprendente.

 

Dejarse sorprender orando… 

y así sintonizarse en lo extraordinario, 

¡en lo imposible, en lo excepcional!

 

Con este Sentido Orante…

nos podemos Restituir.

Reconocer.

¡Ayyy!...

 

***

TIAN

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