La humanidad se ha hecho ajena a todo lo viviente

 

Tierno se muestra el amanecer con sus claridades, con sus nuevos sonidos, con sus nuevos cantos. Los verdes resplandecen… y cambian de tonos. La suave brisa se desplaza según nuevos caminos.

Mientras, el ser de humanidad despierta y entra en su vigilia. En la vigilia de la luz. 

Y despierta con sus preocupaciones, con sus planificaciones, con sus estrategias, con sus humores…

Y pareciera que es… un día más, igual que otro.

Y pareciera que todo es crónico.

Y todo marcha hacia el desespero, la preocupación, el problema, la dificultad.

La humanidad se ha hecho ajena a todo lo viviente, al llegar a dominarlo, a controlarlo, a manipularlo… Y se refugia en su especie, como la forma más culminante de la arrogancia de su poder. 

Y éste trata de convencer a aquél; aquél trata de dominar al otro; el otro establece un miedo: la incapacidad que le da la escena de ser… el protagonista.

Son muy diversas, y diríamos que casi infinitas, las variables que se suceden en una especie umbilicalizada, egolatrizada… Y que cuando se produce algún movimiento de sintonía, de comunicación, de preocupación por el entorno, se hace, sí, ocurre, pero la mayoría de las veces, acompañado del interés, la ganancia, la seguridad… y un largo etcétera que condiciona ese interés por ese entorno, y lo salpica de timidez o de miedo o de arrogancia o de triunfo…

Toda la biodiversidad entusiasta de los primeros claros de la vigilia, queda abolida por el interés y la exigencia de cada ser.

Puede resultar exagerado, sí, pero… si honestamente el ser se visiona dentro de la humanidad en la que habita, no tendrá muchas dificultades en descubrir que quiere esto, aquello y lo otro; que rechaza esto, aquello y lo otro; que le gusta más esto o aquello; que entra en una dualidad constante.

El ser –como vida referenciable- ha “desconectado” su posición con respecto a la Creación. Se ha declarado en huida ante el Misterio Creador. 

Busca encontrarse a sí mismo… y exigir lo que necesita, lo que precisa.

Las incapacidades, las inutilidades, las dificultades… y ese largo etcétera por conseguir solucionar, abruman al ser. Pero se auto-abruma él mismo. Porque, en realidad, le pide al mundo que sea hecho a imagen y semejanza de él. 

Y quiere que aquello sea verde o marrón, y quiere que aquél cante más o menos, y quiere que el otro obedezca, y quiere que aquél no tenga humor… 

¿Resulta exagerado…? ¿O es una preocupación constante el querer –“querer”, ¿eh?- el querer que los aconteceres sean, y las personas sean… lo que cada uno piensa que deben ser.

Y no se percata, el ser, de que ha sido creado con unos recursos, unos medios, unas posibilidades; que ha sido puesto ahí, en ese lugar, en esa comunidad, en ese país, en esa… especial y excepcional posición. Y “excepcional”, porque no hay otra igual.

La condescendencia que tiene la Creación hacia lo creado es… INSUPERABLE. 

Y en la medida en que el ser se asume y se adapta a sus recursos, a sus medios, a sus capacidades… y deja de compararse y deja de exigir, pedir y ¡sufrir!… porque las cosas no son como quiere que sean, y deja –en consecuencia- de ejercer en lo que es y para lo que ha sido creado; en la medida en que se recupera la unicidad, la excepcionalidad, lo extraordinario de cada ser, cada uno se sentirá en la plenitud y, antes de querer, dará, en base a sus recursos, sus dones… 

Dará… bajo la referencia de ese Misterio, bajo la referencia de que todo está dispuesto para que el equilibrio, la armonía, lo imprevisible, lo inesperado, lo sorprendente, la suerte, la imaginería, la fantasía… pueda ejercitarse.

Esto puede resultar muy parabólico y muy exagerado, como la posición del principio pero en el sentido opuesto. Pero está ahí, y por momentos los seres despuntan en lo que son… y los demás descubren su valía y su necesidad.

Es preciso recabar en las capacidades, en el impulso y en el entusiasmo que cada ser tenga. 

Es preciso vivirlo con la humildad necesaria para no aspirar al continuo triunfo o éxito o logro, sino al continuo darse según la referencia, comunicarse, aceptarse, adaptarse… y así evolucionar en la realización, sin sentimientos de “querencia”; con la certeza de que la Llamada Orante estará ahí, ESTÁ AHÍ, presente.

Y cuando la demandamos por necesidades, acude de inmediato. Y nos orienta, aunque no sea a nuestro gusto.

Nunca estamos solos, merced a nuestras capacidades. Siempre está el Aliento prometedor, evidente y sugerente.

Pero ocurre que el ser se obsesiona consigo mismo y con lo que otros dicen que sea; otros te dicen cómo y otros te dicen por qué… y muy pocos se reservan en lo que son… y aceptan lo que el otro es.

Es la hora –¡urgente!- de la necesidad de dar cumplimiento a nuestras identidades, gestadas desde el Misterio Creador. 

Es la hora de asumir nuestras capacidades, y desarrollarlas.

Es la hora de ¡sincerarse!... sin comparaciones.

Es la hora de descubrirse en la unicidad, en la excepcionalidad, y en lo único que es cada ser.

Es AHORA, en la hora… 

No hay “luego”. 

Es muy tarde.

***

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