El Sentido Orante diría: "¡Qué pobre, con tantos recursos!"

 

Y con una sublime inocencia… –desde la óptica de la consciencia humana- la noche se va lánguida, pero no triste. El amanecer se insinúa… inquieto, pero alegre.

La brisa transcurre… según sus apetencias, pero no busca dañar.

Las piedras permanecen quietas, para que se pueda… transitar.

Las plantas se nos ofrecen para que se contemplen, ¡sin exigir!... algo que pagar.

Los ríos transcurren… ahí, para saciar nuestra sed.

Los mares se cimbrean… para nuestro recreo, para nuestro alimento.

¡Todo un servicio, casi a la carta! Lo de “casi” es porque… hay paladares muy exigentes, que les gustaría que anocheciera más tarde o que amaneciera más temprano –por ejemplo-.

Y esa sutil inocencia, como en actitud de un servicio anónimo –pero sabedora de sus virtudes y no exigencias- contrasta con el estar de humanidad.

El estar de cada ser, que reclama y reclama sus posiciones… casi en disgusto permanente, en arrogancia continuada, en justicia… ¡imponente!

Trascurre así una humanidad peleada, crispada, sospechosa, retraída. 

Todos culpan… o se sienten culpables.

Todos exigen o se vuelven exigentes.

La sensibilidad se hace puñales, ¡erizos!

La suavidad se hace quimera… Y la impunidad se hace reinado.

De tanto pensar unos por otros, muy pocos saben lo que piensan –de ellos mismos, claro-.

Y es así que, ante la crispación, la muerte parece el mejor alivio.

Creados para vivir, con recursos… imponentes, la humanidad parece haberse negado a asumir ese rol de transcurrir en… descubrir, aprender, acercarse, confiarse, adecuarse, ¡confabularse!... 

Hacer del vivir una experiencia inigualable.

¡Es posible que ese sea… el plan!

Y quizás en excepciones se cumpla, o algún día se cumplirá, ¡o alguna vez ocurrió!...

El Sentido Orante se nos muestra hoy cauteloso o… ¿distante?

Si fuera estrictamente humano, sería desesperante. 

Pero nos llaman a orar, así que admitamos, al menos, la duda de que ¡quizás!... quizás algo de novedad o de ¿utilidad, quizás?… pueda suponer esta descripción de humanidad, en el tono de lánguida presencia.

¡Sí! Quizás por la encrucijada –no es porque el Sentido Orante dude de sus capacidades-, pero sí es evidente que sus efectos son… –desde el punto de vista de la consciencia humana- son ¡paupérrimos!

Su inútil utilidad se mantiene por… una misteriosa tendencia.

Y en esa sutil inocencia creadora, ésta transcurre y continúa como si nada ocurriera, como si confianza tuviera. No lo sabemos en realidad. Pero parece a veces ser ignorante de nuestras correrías.

Parece decir, la sutil inocencia creadora: “Pero ahora, ¡es que no puedo quitar los mares, no puedo destruir los amaneceres o… el sol imponente del mediodía!… ¡Tampoco puedo!… destruir los desiertos o abolir los árboles… –en un lenguaje imaginario, claro-. ¡No puedo!”.

La uniformidad de la especie, aun con grandes diferencias aún, pero la tendencia uniforme a la vulgar repetición, a la implacable discusión, al sistemático ocultamiento, a la rabia continuada… parece que todo ello constituye el gusto –sí- el gusto de la especie. Parece que todo ello es el ánima, ¡la chispa de la vida! 

Parece que sin desánimo, sin rabia, sin envidia, sin malhumor… ¡sin eso!, no se pueda vivir. La incapacidad hacia la complacencia es –desde el punto de vista orante, claro- muy preocupante.

La facilidad con la que se… ¡destruye!, y la enorme dificultad para construir, es muy llamativa.

 A esto se añade que cada ser se establece en su gueto o en sus niveles de influencia, y en ese egocentrismo nada parece importarle: ni lo más allegado, ni lo más lejano.

Tan solo pendiente de su… interés. 

El Sentido Orante diría: ¡Qué pobre, con tantos recursos!

Pero cada uno con su “experiencia” –ejem; ¿experiencia?-… pues sí, parece ser que cada uno, con su experiencia de una semana, de veinte días, de quince años, ya tiene todo ¡tan claro!, ¡tan evidente!…; ya tiene la justicia tan preparada, la guillotina tan afilada, el verbo, ¡no digamos!... y la mentira, tan sutilmente elaborada… 

Por supuesto, como estamos en carnavales, ahora la apariencia todavía puede ser… intransparente.

¿Intransparente?

Sí, intransparente… Que no puede llegar nunca a ser transparente, ¡vamos!

Y así el ser acumula y acumula y acumula… que si penas, que si rabias, que si dolores, que si afrentas, que si… 

Todavía no se ha dado cuenta de que el mundo no se ha hecho a su imagen y semejanza, sino que el mundo se ha hecho a imagen y semejanza de un Misterio Creador. Pero ha sido también tan excepcional, la creación del humano proceder, que éste se ha sentido, “por momentos” –bueno, es un decir-… por momentos se ha sentido creador, dueño y señor… de reglas, normas, costumbres, afectos, desafectos, atracciones, repulsiones…

¡Ah! Pero la humanidad ha encontrado unos mecanismos –entre la consciencia humana, ¡claro!-… ¿cómo catalogarlos?... Bueno, son esos que dicen: “aquí no pasa nada, no tiene importancia; bueno, ya veremos, no lo sé, ya te contaré, no te contaré, ya te contaré lo que quiero contarte pero no debo contar, ya ocultaré, ya… Perdona, disculpa, no he querido herirte, pero te he herido, pero no ha sido aposta”… 

Y así, balbuceando inconexiones, transcurren las disculpas. ¡Y todo queda bien! ¡Ah, sí! Cada uno se ha quedado con sus suspicacias, con sus opiniones, puntos de vista… ¡y todo está bien!

Cualquier ¿transgresión…? –bueno, si se sabe la referencia- es natural. Natural, natural, natural.

Es y resulta realmente impresionante el contemplar cómo cada uno va a lo suyo, como si lo suyo fuera… ¡el universo entero! Y por supuesto, tratara de imponer sus ópticas… por-que-sí.

¡Ayyy!... Por un momento se puede pensar en la minuciosidad, en el cuidado, en el exquisito desarrollo de una Creación como la que podemos contemplar. ¿En algún momento se ha percatado, el ser, del cuido exquisito que la Creación pone en su… ¡vivir!? ¿Y del descuido ¡más espantoso!... que el ser humano genera?

Podría decirse, en afán de resumir, que… 

Por aquello de “las prisas”; porque todos tienen mucha prisa por ocultar, por resolver, por no afrontar, por no… ¡bah!, ¡tantas razones!... ¡Qué fatiga!

Pero habría, sí, esa opción de fijarse, ¡por un instante nada más!, ¡claro! No lleva mucho tiempo. Vamos, casi no supone tiempo. Y más ahora, que estamos rodeados de flores de almendro, y el suelo está tapizado con sus pétalos. 

Por un momento, ¡por un momento insignificante!, contemplar –realmente contemplar- una flor –¡cualquiera!-, y recalar, al contemplarla, en su expresión; en lo que expresa. Contemplándola con… –difícil decir la palabra- con “serenidad”. Sin estar pendiente de ninguna otra cosa. Un instante, es. Nada más, ¿eh?

Es posible… que esa experiencia… amortigüe tanta crispación, tanto egoísmo, tanto prejuicio, tanto de ¡tanto!

Qué sorpresa sería, ¿no?, el que a lo mejor supiéramos que las flores fueron creadas para eso; simplemente para eso. Y que luego disimularan sus objetivos, haciéndose fruto y cualquier otra cosa.

La Llamada Orante es semejante a una llama de una vela: alumbra…; no se agota.

Pero el ser prefiere la bombilla, las luminarias resplandecientes…: sus creaciones.

Así que cabría preguntarse: “¿Qué hace esa tenue llama ahí? ¿Qué hace esa simple flor… aquí?”.

Todo un día para ¡nutrirse!… una eternidad.

***

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