El desafecto de vivir

 

Quizás, la mayoría de las personas del mundo civilizado no estén muy de acuerdo con la vida que llevan.

Seguramente, en su área de trabajo, afectos, proyectos, propuestas… no se encuentran a gusto.

Hay –por así decirlo- un disgusto subterráneo, que a veces se expresa como protesta, y otras veces se calla como “normalidad”… pensando, quizás, que “la vida es así”.

El Sentido Orante de hoy nos advierte de –en principio- dos detalles: 

El primero es que “la vida es así” –o de otra forma-…, y en ese “ser así” participan los que en mayoría están a disgusto, en disconformidad. Ellos también han formado ese tapiz, ese tamiz, ese suelo de insatisfacción. 

Con esto se pretende asumir al menos una parte que depende del propio ser, y que podría –por así decir- remediar algunas –“algunas”- quejas.

La segunda advertencia orante es que, en este estado de vivir, normalmente, además de no reconocer la participación personal, se buscan culpables. Y siempre se encuentran. Pueden ser grandes culpables como el Estado, el Gobierno, el primer ministro… o pueden ser pequeños culpables como la familia, los amigos, los maridos, las esposas, los conocidos…

Como podemos deducir, entre culpables, y el no reconocerse como partícipe de esa situación, la posibilidad de que esa percepción del estar amargado, incómodo, desaparezca, es hartamente difícil. Porque no se puede acabar con todos los culpables. Son muchos. Que sería el resultado… definitivo. 

Y por otra parte, no se reconoce lo que uno aporta a esa situación de apatía, desespero o… Tiene múltiples nombres. Quizás sea “desafecto de vivir”.

A la hora de preguntarnos por qué esto sucede, descubrimos que nos educaron, nos formaron y nos animaron a hacer el mundo a nuestro gusto, a nuestra manera. Y ciertamente, en la medida en que no había compromisos ni dedicaciones…, las cosas ocurrían según uno quería –aparentemente-. Eso animaba, al ser, a hacer el mundo a su imagen y semejanza.

Pero, poco a poco, el llamado “mundo” se fue resistiendo a ser tratado según el capricho de cada uno. 

Y es ahí donde van surgiendo los culpables… y la consciencia de que mi proyecto es lo mejor, y no tengo ninguna responsabilidad, ninguna participación en esta situación.

En ese momento, cada uno –que es mayoría- no se da cuenta de un detalle que es importante, y es que probablemente… es más que probable que él sea culpable, según la referencia de otros. ¡Ahhh! Es decir que “el culpable-culpado”, el que pensaba que la culpa de todo la tenía esto o aquello y lo otro, resulta que, para otros, la culpa de esto, de aquello y de lo otro la tienes tú.

Eso normalmente no se suele ver.

Y el Sentido Orante se pregunta… y le pregunta a “el disconforme permanente”: 

“¿Dónde estaba la Creación, dónde estaba el Misterio, dónde estaba Dios, cuando permanentemente te desesperabas…? 

¿Pensaste que quizás tuviera algo que ver –culpablemente, claro- en todo este proceso?”.

O mejor:

“¿Crees que tiene algo que ver el Misterio Creador, con todos los desastres que te pasan? Agobios, ansiedades, miedos, rabias…” –¡Buau!-.

Cuando se habla de la contaminación, se suele omitir la contaminación existencial.

¿Y en qué cambiaría la situación, si se tuviera en cuenta esta tercera variable: lo Divino, lo Creador? ¿En qué cambiaría? 

En todo.

¿Pero cómo va a admitir, un decidido actuante –según su voluntad permanentemente y según el criterio de culpables-… cómo va a admitir algo que esté por encima de él?

Esa es una pequeña dificultad.

Si contemplamos… –que es la Sugerencia Orante- si contemplamos todo nuestro estar… sin ánimo de protagonismo, seguramente nos daremos cuenta de que todo se ha ido conformando para que estemos así. Y que, probablemente, nuestra participación sea… digamos que mínima…; en cuyo caso, sería lógico pensar que el agobio, la pena, la rabia que se tiene... se diluyera, puesto que no es algo gestado por otros, por mí, sino que es algo que se da misteriosamente y que debo afrontar vitalmente, con el reconocer una intervención… superior a la nuestra. Entendiéndose por “superior”, no un ser –como uno- que tiene más fuerza, sino un Misterio que gestiona nuestras vidas hacia una misteriosa dirección.

Veamos: ¿sabe el niño, cuando empieza a caminar, qué pantalones le van a comprar? ¿Sabe en qué calle vive? ¿Sabe el niño, mientras crece, por qué se le enseña esto o aquello? ¿Entiende el niño lo que dice la televisión, o se hace una idea de la discusión entre los padres? 

En definitiva: ¿Se entera el niño de algo de lo que pasa? 

No.

Pues si eso lo ponemos en proporción, en la medida en que nos desarrollamos –y aquí viene un problema- “creyendo que sabemos”, nuestra posición es semejante a la del niño. 

No sabemos.

Y habitualmente el ser se desarrolla en su gueto afectivo, espiritual, religioso moral… ¡Todo son condicionantes!... que no saben, y que crean una manera de estar.

Pero ¿ésa es la forma de estar…?

Es semejante al niño que, cuando no obtiene lo que quiere, llora y se enfada…; o que quiere comer siempre dulces o golosinas. Y su mundo se reduce a la pelota, a comer y dormir…

En proporción, el adulto está en similares… diríamos que “en peores circunstancias”. Porque el niño va a evolucionar y va a ver algo más. Pero el adulto ya instaurado –¡instaurado!- no ve más; no evoluciona. No admite más criterio que el suyo. Y ningún “útil” –filosófico, animista, espiritual-… ningún útil le sirve. Utiliza –los utiliza- esos útiles, pero… sin la fe suficiente. Los escucha por un momento, pero luego vuelve a sus intereses.

¿Y si, bajo el Sentido Orante, diluyéramos los culpables?

¿Y si reconociéramos nuestra ínfima presencia y… alguna responsabilidad?

¿Y si dejáramos entrar el aire fresco de la Creación… y asumiéramos lo que transcurre como un Misterio…, y actuáramos con el aliento vital que nos da cada recurso, cada medio, cada ambiente?

Y habría que añadir otro detalle: ¿Y si el ser se atreviera a pedir ayuda…?

Por supuesto, una ayuda no exigente, no demandante, no egoísta…

La especie humanidad respira ansiosa, cada uno en busca de su necesidad, tratando de imponer su voluntad, chocando continuamente con otras voluntades.

La especie humanidad se ha negado, en general, a asumir que es una presencia en el Universo; que pertenece a una Creación; que está mantenida y entretenida por una instancia desconocida… que bien podríamos percibirla orando, meditando o contemplando. 

Y en consecuencia, tener en cuenta, además de los culpables y de la responsabilidad propia, otras participaciones.

 

Entre los discursos destructores, culpables y angustiosos… –entre ellos- hay una vibración gratificante; liberadora. 

La Creación se insinúa… compasivamente.

Lo hace bajo el manto de la casualidad, la pequeña sorpresa, el detalle de belleza, la historia alegre… Se vale de lo que hay, para recrear al incrédulo, al egoísta, al hedonista, al soberbio, al vanidoso, al ególatra…

 

Situémonos sin arrogancia ante… la brisa que mueve las plumas; ante la luz que entra entre las rendijas; ante los sonidos que se cuelan entre las palabras.

Dejémonos descubrir por la compasión de lo Eterno.

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TIAN

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