Aún...

 

¡Rápidos agravios surgen… cuando el transcurrir no es al gusto personal!

¡Rápidos recuerdos se instauran cuando lo que sucede no es… lo que se creía –o “se quería”, mejor dicho-.

¡Rápidos! ¡Rápidos son los recuerdos de angustia, de temor!, y pocos los de alegría.

Rápidas, rápidas se hacen –como los rápidos del agua-… las sensaciones de ofensas.

Rápido se hacen muecas, se apagan sonrisas.

¡Rápidos!, rápidos se estrujan los dientes.

Qué rápido es el desagrado. ¡Qué rápida es la porfía! Qué rápida es la rabia. ¡Qué rápida es… la venganza. ¡Qué rápida!

Qué rápidos se han hecho… los destructores momentos.

Qué lentos, qué lentos se hacen los plácidos agrados…

¡Qué pronto se olvidan las tenues alegrías... y qué rápido echan raíces los insignificantes defectos!

¡Ay!... Humanidad que se debate, ya, sin discutir. Quizás en otro tiempo se revolvía entre lo bueno y lo malo; ahora… ¿qué es bueno?, ¿qué es malo?

Es bueno lo que a cada cual le interesa, le provoca, le gusta; con lo cual, todos terminan compitiendo, porque… no se adaptan, no se conjugan. No son capaces de darse cuenta, en consciencia, de que convivir es algo más que una ciencia: es una consciencia.

Pero cada cual parece –vertiginosamente, como el huir de una rata- que busca su individualidad y su independencia –como si ésta existiera-, sin darse cuenta de que, para mantener esa posición, “depende”; y depende y depende, más que nunca, de la gran manipulación…

Expuestos a propagandas, a leyes, a normas, a costumbres… con la única defensa de… el aislamiento, la “seguridad”, la coraza.

 

El sentido orante nos hace este preámbulo que –¡claro!- ¡todo el mundo conoce!... Pero qué lejos está el “reconocerlo”. No, “conocerlo”. ¡Todo el mundo lo conoce! Pero, ¿lo reconoce? Y si lo reconoce, ¿lo corrige?

Y así ocurre: que se conoce, se sabe… y, cuando se escucha, se echa de nuevo a la papelera porque ya es antiguo. Y al no reconocerse y no realizarse, no corregirse, lo escuchado, lo conocido, deja de ser conocido.

¡Es una ilusión… creer que se conoce! Porque no se reconoce en uno mismo, y menos aún se corrige.

Ya, antiguos… –¡no tan antiguos!: del siglo pasado, aunque suena muy lejos; este siglo aún es demasiado joven- nos advertían de que el ser conocía y podía conocer el porqué “de” –el porqué “de”-… lo que fuera, pero eso no significaba que corrigiera –ni mucho menos-; que cambiara…

Y así como por ejemplo –por ejemplo, simple- aquel que ama –o que “dice amar”, mejor- no repara en el hecho del daño que puede provocar… con actitudes, gestos, acciones… Luego vuelve como… si tal –como si tal cosa no hubiera ocurrido-.

¿Qué somos: arrebatos caprichosos de cada momento?...

¿Hasta cuándo se va a mantener la pubertad?

Pareciera… pareciera que no existiera un transcurrir gozoso… constante, permanente, “cuidadoso” –si dice ser amoroso-… de no injuriar, de no molestar, de no dañar, de no herir… Porque, en este ejemplo del amor, ¡es delicado! “De-li-ca-do”. Y, por encontrarse en otras esferas –aunque sea momentáneamente-, no podemos traerlo al rifirrafe cotidiano; a… al roce de ¡castigo!

Cada cual, con su esquema y su estructura, preparara ¡las ataduras! Se parapeta en la defensa y, en consecuencia, ataca.

¿Es que no se da cuenta –aquel que se defiende- de que lo que está haciendo es atacando?... Impidiendo el reconocimiento, impidiendo la comunicación, impidiendo la reconciliación, impidiendo la escucha… ¡porque se está defendiendo! Como una muralla que rodea una ciudad. Y quizás salen, pero nadie entra.

Y así se ‘endogamizan’ los de dentro, y se crean una realeza; una realeza de casta personal… que se defiende y se defiende… Y que, para protegerse y protegerse, lo que consigue es atacar y atacar. Pero, como no está en su mente, pero como no está en su consciencia… probablemente pase por “pobre” y “tímido” y “tímida”; por “temerosa”. Y, por ello, en defensa permanente. Es decir, en agresión constante.

No hay que –tampoco- olvidar a los tibios, tibios de corazón, que se van a un sitio o a otro, según la conveniencia, para que ellos no sean nunca foco de atención. Pasar inadvertido y aprovechar la mejor ocasión.

Un terror subterráneo… que no enlaza, que no sintoniza; que sólo ‘egoistiza’.

Al igual que contaminado está –de todo tipo de descuidos e inmundicias- el lugar, los lugares donde el ser habita, tan contaminada está la consciencia, que… de residuos se alimenta.

Molesta la claridad, molesta la consciencia de sinceridad, molesta el testimonio, incomoda la evidencia.

 Parece como si todo se hubiera convertido en carbono. ¡Carbono, carbón, carbón, carbón! ¡Fuego, fuego, fuego! ¡Arde, arde, arde!... la incrédula presencia, y ¡quema, quema, quema!

Y así, la justificación de la defensa se hace obvia y necesaria.

Cada uno con la suya, claro.

Y cada uno ha de defenderse del otro, claro.

No parecen combatir mucho, el Sol y la Luna. No parecen estruendos tenebrosos cercanos. Y eso sí: el hombre… observador del cielo, aprovecha –cada vez que una luminaria se enciende más- para hablar de “colisión”, de “choques”, de “luchas de galaxias”, y de “absorbentes agujeros negros que nos devoran”.

Cualquier historia del cosmos está salpicada de violencia, de defensa, por fuerzas de gravedad y fuerzas de repulsión, fuerzas fuertes, fuerzas débiles, electromagnéticas…

Es la versión de la consciencia cotidiana del convivir, la que hace ver todo de la misma manera.

¿Acaso sería posible este paraíso planetario, si Mercurio o Plutón, Júpiter o Saturno estuvieran en desdicha? ¿Estuvieran en fragor y en guerra? ¿O Marte se acercará precipitadamente para robarles los hijos, y devorarlos desde las entrañas hasta los ojos?

Seguramente, esa historia sí triunfaría. La belicosa osadía del daño siempre tiene cabida… Convierte, el vivir, en un pulso; en un pulso de poderes, exigencias, arrebatos…

No está, la Creación, en ese plano. No está, la hierba, para herirnos cuando caminamos. No está la nube atenta, para mojarnos. No está, la piedra, dispuesta para abalanzarse sobre nosotros. No. No está, el frío, para agredirnos; ni el fuego o calor, para quemarnos…

Ninguno se protege. Ninguno se asegura.

Pero el hombre los ve, en consciencia, como elementos de peligro; de daño.

No asume su entorno, con la aceptación de lo que es… cada situación, cada circunstancia, cada ser…

Aún clarea por la mañana… Y se dice que “ama-nece”: que nace el amor…

Aún oscurece con las estrellas, la noche.

Podría decirse que aún vibra la Misericordia, y el manto de Bondad permanece.

Y aunque sea loco interpretar… -¡loco!- podría decirse que aún es posible diluir tanta ególatra individualidad; tanta defensa inmotivada; tanto ataque defensivo y preventivo, cotidiano; tanto residuo sobre el que se cimienta; ¡tanta exigencia que se hace presencia!...

Aún… aún parece gritar otra consciencia –aún-, cuando la tenue brisa silba, al pasar por las cornisas.

¡Aún!, porque… el rocío… tibiamente se deposita.

¡Sí! ¡Aún!... aún porque… el pájaro pía, y sus plumas se engarzan para gestar el vuelo.

¡Sí! ¡Aún! Aún porque… la marea llega, la ola se recrea y, con su espuma, ¡embellece cualquier imagen!

Quizás –sí- ¡aún!, porque… las arenas del desierto permanecen, guardando ¡el silencio prudente!... de la Creación.

Sí. Quizás ¡aún!... –aunque sea “aún”- aún… el aliento se hace suspiro.

Aún… las lágrimas, por momentos, florecen.

Aún… algún llanto se escurre…; ¡se duele!...

“Aún”…

***

TIAN

TIAN

Zentralsitz der Neijing-Schule
RADIO UND FERNSEHEN

RADIO UND FERNSEHEN

Unser kommunikationsbanal
WEIBLICHE INSPIRATION

WEIBLICHE INSPIRATION

Verein weibliche inspiration
ZWEIGSTELLEN

ZWEIGSTELLEN

Neijing-schulen in der welt