Rentabilidad, Espiritualidad

 

Y en la medida en que el ser –como humanidad- se organiza, se va gestando una renta, un producto, un interés… y va estableciendo sus relaciones “rentistas”.

Y ésa es una forma de… de relacionarse, de convivir, de investigar, de descubrir.

“Qué me das; cuánto me das”. "Qué te doy; a qué porcentaje”...

Quizás no se exprese con esas palabras exactamente, pero… probablemente, estas palabras sean las que mejor expliquen esa convivencia de interés; ese compartir… interesado.

Decía el refrán: “Por el interés te quiero, Andrés”, para indicar que los afectos, las amistades, los estados emotivos, etc., que se podrían generar, dependían mucho del interés que se pudiera producir.

 

Y ocurre que, habitualmente, ese lenguaje y esas claves… funcionan. Es decir, siguen unas reglas y unos patrones que –con algunas variables- dan un determinado resultado.

“Éste invierte en…”; “el otro invierte con…”.

Y todo esto, nos estamos refiriendo, obviamente, a las relaciones personales y a las relaciones del hombre con el medio. No nos estamos refiriendo –obviamente- a si invierte más dinero o menos, y si tiene más interés o no. Por si acaso.

Pero bueno, en cualquier caso –y en definitiva-, las manifestaciones de poder, de economía y de etcéteras, también se ven reflejadas en los intereses de los estados, de los gobiernos, de los alcaldes, de la población…

Pero volvemos a repetir que, eso, más o menos se maneja.

 

Como era de suponer, en ese vaivén de intereses, de rentas, no se podía escapar emplear el mismo sentido con la renta, el beneficio… espiritual.

¿Y es rentable ser creyente? ¿Qué interés produce? ¿Y es rentable ser musulmán o cristiano o judío o hindú o…? ¿Qué beneficios aporta cada opción?

 

Y ocurre que, así como en el plano mundano cotidiano, las respuestas tienen un limitado proceder, cuando el ser entra en sentido orante, cuando el ser se inmiscuye en lo Eterno, ese lenguaje, esa concepción, esa idea… no tiene cabida.

 

Pareciera –a veces- que son mundos irreales, tanto el Misterio de Eternidad como nuestra propia y tangible realidad. Pareciera, por momentos, que nadie escucha y nadie responde.

Tan pendientes de un premio, de una gratificación, de un reconocimiento que luego no se produce cuando la persona espera…

Eso, por una parte. Y por otra, la presentación de los documentos propios: es decir, de los méritos, de los resultados, de… lo que se ha hecho –que bien merece una recompensa-.

 

¿Son respuestas, lo que interpretamos como tal? ¿O lo que acontece –que atribuimos a lo Misterioso-, no tiene que ver nada con ninguna respuesta, y es parte tan solo de una estrategia de vida?

 

Por otra parte, al ver que las reglas no se cumplían, los pensamientos filosóficos y religiosos prometieron la renta y los intereses, después. No ahora. Y así quedaba garantizado el negocio… buenamente. Es decir que, aunque las cuentas no te salgan aquí, tranquilo, que cuando llegues allí –“allí”- te darán lo que mereces.

¡Hmmm! ¿Y qué criterio tienen allí para dar lo que mereces? ¿El mismo que tengo yo aquí…?

¿El mismo de ver una mujer ahorcada después de ser violada –en una imagen corriente y normal-…? ¿Cuál será el reglaje? ¿A cómo estará el cambio? –puesto que se plantea así-.

 

La resultante de esta oferta religiosa es que, con las tres modalidades: la incomprensible –y que no se sabe si responde o si no, si escucha o no-; la práctica y concreta –que más o menos sé dónde me pueden engañar, cómo puedo rentabilizar, cómo puedo ganar con esta amistad, con esta otra…-; y la del futuro –cuando ya no tenga consciencia ordinaria, y tenga consciencia extraordinaria-, ¿qué extraordinaria sorpresa me llevaré?

 

Es difícil que la mentalidad de renta, de beneficio, de justicia, en torno a los méritos que se hacen, etc., cambien.

La prueba más simple es que… es que, cuando se tiene el deseo de cambiar, porque se intuye que ésa no es la mejor manera de convivirse, de convertirse, de ‘convivenciarse’, es que se recurre a la vía espiritual para pedir, para buscar que nos ayuden para el cambio, para…

Es una estrategia ya incorporada, para permanecer en las coordenadas de consciencia que tenemos en la actualidad.

Busco mis rentas y mis beneficios… Sé que no es lo más ético y estético y adecuado… Procuro avanzar en mi vida espiritual; pero es ¡tan difícil!, ¡es tan complejo!... No es tan fácil cambiar; me educaron así…”.

La sensación que se tiene con ese planteamiento es que Lo Divino es bobo, tonto, idiota, y no sirve para ninguna cosa.

Hemos establecido un nivel de consciencia cotidiano en el que, realmente, como dicen los científicos –no todos-, ya no necesitamos a Dios. Nuestro nivel de consciencia se arregla, se apaña. La espiritualidad es una pose, muchas veces; y otras, es un… una droga.

 

El contacto, la expresión orante que establece ese momento de sintonía entre nuestras ignorancias y las puestas en claro –hasta donde se sabe- de nuestras dudas, no debe ser un reclamo al estilo rentista, sino simplemente una expresión, un ‘algo’ que se funde con el transcurrir Creador, y que, en alguna forma, en alguna medida –¡cierto!-, tendré la ocasión de verlo, de sentirlo, de vivirlo.

 

Una noticia muy sencilla:

Habitualmente, el ser se plantea cómo llegar, cómo alcanzar un nivel de espiritualidad que me conecte con lo Eterno, con lo Inmortal, con lo… con lo Amoroso de la Creación:

“¿Qué puedo hacer para incorporar… la Espiritualidad Liberadora, al quehacer cotidiano?”.

Es una pregunta que la persona, con… vamos a suponer que con los mejores criterios, y con sus más claras intenciones: “Haré lo que sea. Estoy dispuesto, pero la voluntad… me llega hasta hacer ayunos y multitud de plegarias, pero no veo que mis instintos rentistas, mis complejos cotidianos, mis preocupaciones monetarias se mitiguen, sino, a veces, todo lo contrario”.

Hace usted muy mal la pregunta. Sí. Usted ha partido de la situación de consciencia en la que habitualmente vive –de renta, beneficio, cambio, interés-, para relacionarse con lo Eterno, lo Inmortal, lo Amoroso, lo Infinito…

¡Error! ¿Por qué? ¡Muy simple! –muy simple-. Usted, ya desde… vamos a decir“siempre”, habita en lo Eterno, habita en lo Infinito, habita en lo Inmortal, habita en el Amor. Ése es el magma que le permite existir y vivir.

La pregunta sería más bien: ¿Cómo es posible que, en ese magma, yo haya sido capaz de crear tanta vulgaridad? ¿Cómo quitarme ese… ese ‘bicho’ de encima?

No necesito ver cómo aplico… ¡No! ¡Ya está aplicado! ¡Ya estoy aplicado! ¡Ya soy un producto de Eternidad! ¡Lo he sido siempre!...

¡Ése es mi verdadero estado de consciencia! Que luego se ha deteriorado y se ha mancillado, pero… ¡no necesito preguntarme! “¿cómo llevar…?”, porque lo que estoy preguntándome, en realidad, es cómo domesticar a ese Infinito, a ese Eterno; cómo manejarlo, manipularlo, y hacerle un tótem, hacerle una figura, hacerle algo que… ¿eh?

Cómo podría domesticar a Dios, ¡coño!

 

Si toda la serie de preguntas, y las inquietudes en cuanto a la vivencia espiritual, parten de la verdadera identidad que nos corresponde, ante las evidencias de la Creación sobra la pregunta egoísta de ver cómo compagino mi vida espiritual con mi vida mundana, vulgar. Es que, de entrada, mi vida cotidiana, diaria, no puede ser vulgar; porque no se corresponde con mi identidad –como ser humano-.

Y lo que ocurre es que, a través de multitud de generaciones, se ha ido gestando otra proyección, otro presupuesto, y entonces… De ahí la multitud de eternas preguntas que nunca se responden, que nunca funcionan y que nunca… ¡Cómo es posible que, en la Creación, nunca haya –si es la Creación- la posibilitancia misma de cualquier situación!

 

La trampa circunstancial de la razón, la lógica y la pregunta, y el ‘samaritanismo’ falso que se ha creado en torno a los niveles de consciencia, es lo que hace posible esta trama errónea.

Así que… ¡habrá que modificar!...

“A ver cómo llevo todo este manejo, manipulación –etc.-, de la especie a la que pertenezco, dentro de mi identidad inmortal, maravillosa, fantástica, sensacional”…

Así. Pero ya parto de la base de lo que soy. ¡No parto de la base de ‘lo pobrecito que soy, a ver si me dan un poco más’!...

 

La Creación es –bajo cualquier momento, historia o circunstancia- insobornable; no domesticable…

Más vale desentenderse de ella y buscar los intereses mundanos y cotidianos, que intentar “inútilmente” convencer a la Creación de que se acople a nuestros intereses.

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