Imprimir

Los resabiados

 

Con respecto a cualquier conocimiento, incluida la vivencia en relación a lo Divino, existen grupos de seres con… conocimientos; existen grupos de seres “eruditos”; existen pequeños grupos de seres… sabios; y, la mayoría –guardando esas proporciones descompensadas de la vida-, la mayoría son resabios; resabiados.

¿Qué es un resabiado? “Un resabiado” es un ser que dice conocer, saber, entender, manejar, dominar… cualquier situación –si es español, más; más-.

“Resabio”: dícese de aquel que asegura cómo son los acontecimientos; predice y apuesta… qué va a suceder.

“Resabiado”: se dice de aquel que, imitando a los sabios, conoce todas las triquiñuelas, falsedades, hipocresías, agresiones, trasgresiones…

No se presenta… claro.

“Resabiado”; dícese de aquel que renuncia expresamente a la ciencia, pero la utiliza para su propio beneficio.

“Resabiado”; también aquel que… rehúsa su condición, su situación, su cultura, sus recursos.

“Resabiado”; también háblase de aquellos que emplean métodos y formas para asegurar el retraso. No intervienen; no participan. Atestiguan… el error; no lo cambian; no lo modifican. Se ciñen siempre… ¡a lo incómodo!, a lo desagradable.

“Resabiado”: dícese de aquel acto que… parece conocer… y que, en realidad, no ha evolucionado. Pero, estancado en gustos, en apetencias, predica a todos que sean resignados.

“Resabiados”: dícese de aquellos que rechazan cualquier novedad; cualquier variable que no sea la que ellos han estipulado; la que ellos hayan pensado; la que ellos sientan que es.

 

El resabiado suele conocer… los pequeños fracasos, los grandes errores; y los suele utilizar para ¡inutilizar!… cambios, modificaciones, renovaciones, regeneraciones…

En realidad, el resabiado no cree. Su creencia es ¡mínima! –creencia de supervivencia amargada; maquillada-.

 

Es fácil encontrar en casi todos los seres, esos resabios, ¡en mayor o menor proporción! Se aprenden deprisa, porque eso da… importancia; aparente conocimiento.

Se usa con precisión. Proporciona poder.

El resabiado presume siempre de que no le engañan. Es lógico: engaña él; y se engaña.

“La humanidad resabiada”…

Apenas si, pocos –y pocos y pocos- se someten a revisiones, a objetivaciones, a… ¡esperanzas!, a apuestas, a renovaciones, ¡al cultivo de alguna virtud!; que, por momentos, salpican al resto. Pero, ese resto mayoritario, resabiado, está y se extiende por cualquier rincón.

 

La coz del repudio, la violencia y el rechazo, es el instrumento habitual del resabio. ¡Argumentado levemente! No hay más. Por momentos se dice que “no”, o que “no”, o que ¡no!”… sin más recursos que ser “la contra de la contra”: similares o semejantes a algunas posturas de aquellos que nunca quieren asumir responsabilidades; de aquellos que nunca quieren ser testimonio… y siempre quieren ser el ‘aguijón de la reina’ –que pincha, y pincha y pincha-.

 

El resabiado: “conocedor” –entre comillas- de todas las cosas, de todas las reacciones, de todas las respuestas; que coge siempre, con sospecha, cualquier novedad; que no se atreve a asumir… otras posibilidades, porque ahí no puede ser redicho, no puede ser repetitivo: en lo alterado, en lo perturbado, en lo dañado.

 

El resabio se resume en el dicho: “Piensa mal, y acertarás”, teniendo como referencia de ‘bueno’ y ‘malo’ lo que el resabiado quiera instaurar. Siempre acierta: en lo moral, en lo ético, en lo psicológico, en lo creativo…

 

Cuando le toque disfrutar, dirá que “la fruta está pasada”; o, si no, “ya se pasará”. Con lo cual, no llega –ni se acerca; y él cree que se ha pasado- a lo que sucede.

 

Y en cuanto a… lo sagrado, lo divino, lo que se puede considerar… “mejor”, lo que se puede considerar “¡limpio!”, “¡bueno!”… el resabiado siempre lo discute.

Los resabiados siempre corrigen “la plana de Dios”. Se vanaglorian de ello… porque, en alguna medida, compiten con lo Divino. Nunca están de acuerdo con el destino, ni con la evolución…

Se atribuyen el saber de la vida, con la radicalización.

Exaltadores de los peores presagios.

¡Difícil… que admitan un don!, salvo el propio –hiperácido; hipercáustico-.

 

El resabiado, nunca encuentra soluciones; siempre da complicaciones. Ofrece sus servicios para advertir, siempre, de los peligros; ¡nunca de las bondades!

Así, se construye un mundo de resabios, de agravios, ¡de enfrentamiento! La pequeña paz que pueda generarse, es sólo para tomar aliento. Porque es fácil –¡muy fácil!- decir que el mundo es un desastre, que los seres son deplorables, que el horror es lo que reina. Todo eso son “resabios”, y eso lo dice “el resabiado”.

 

Así se va creando un mundo repetitivo, desgajado, que no admite otro camino que el drama, el terror, el horror, la tragedia, la desesperación. Es capaz –el resabiado- de aguardar y aguardar y aguardar… para, finalmente, decir: “¿Ves? ¡Si ya lo sabía yo!... que alguna vez te iban a salir arrugas; que alguna vez ibas a tener canas. ¡Si ya lo sabía yo!”…

¡Nunca se equivoca!

 

Sí. Y la humanidad, en su mayoría –y en su mayor prospección-, en sus acciones, se vuelve resabiada. Su propia inteligencia –que la ha colocado en límites de sostenibilidad, de asegurarse la presencia- se ha sabido adaptar, aunque con una violencia inusitada. Pero ha aprendido a extraer… lo mejor de cada fracción. Eso sí: sin importarle mucho las consecuencias, salvo mejorar su situación.

Así… va. Y en ese ir de ‘logros’, se convierten las humanidades en ‘ogros’; porque ya creen –y ahí está lo resabiado, que no es sabio, ni saber, ni erudito-, creen que… ¡ya todo se ha logrado! Las repetidas acciones de lo mal usado, se considera que ya es… definitivo. ¡Y a ello se afilian! Porque es fácil gritar y decir: “¡Al ladrón!, ¡al ladrón!”, y correr detrás de alguien. Lo de menos es… que sea ladrón o no. Lo importante es que he encontrado a un culpable, y sobre él voy a volcar todas mis intenciones.

 

Otro refrán que define bien al resabiado, es aquel que dice que “El ladrón… piensa que todos son de su condición.”. Y esa postura ¡le impide ver!... lo novedoso, lo atractivo, lo posible, lo plausible…

 

“Como yo robo, todos tratarán de robarme”. ¡Eh, eh, eh…! ¡Espere!...

 

Así se instauran las religiones, las filosofías, los mandos, los gobiernos… ¡Son resabiados, todos! ¡Todo lo tienen escrito, legalizado, sellado… y compulsado!

 

Resabiados que, ante la inocencia, suelen esperar ansiosos… a que se pierda.

En el resabio hay mucho desespero; ¡tremendo fatalismo! Lo malvado es escuchado; lo virtuoso es ignorado.

 

Cuando una expresión de vida –como la especie humanidad- se hace resabiada, bloquea sus capacidades; anula sus recursos. Por supuesto que… se establece en la protesta, en la acusación, en la culpa –ajena, ¡claro!-.

Como esos resabios que se preguntan: “¿Dónde estaba Dios cuando ocurría tal o cual cosa?”… “¿Por qué Dios no ha venido a solucionar mis…?”. “¿Por qué Dios hace las cosas así?”… “¿Por qué Dios permite esto o aquello?”…

Resabios de mala argucia.

Retrocesos… sin disparos.

Siempre llorando el fracaso. ¡Nunca!... aplaudiendo la gracia.

 

¡Ahí!... se está; ahí se vive.

Ahí, en ese enredo, hay que… ¡exclamar!... con las difíciles trabas que ponen las evidencias resabiadas: como esos carteles antiguos que ponían en las tabernas, en que se decía: “Prohibido cantar y bailar en este local”.

 

¡Sí, sí!… La primera respuesta al oír tanta… ¿”mala intención”?...

¡No!...

Negarse a amar con todas las consecuencias. Eso es lo que tiene la humanidad resabiada. ¡No quiere correr con los gastos!… del débito de un amar… ‘enflecado’; roto, pero que ¡sigue! ¡No quiere asumir su participación derrotista!

 

Un desamor, producto de una obsesión ¡absolutista! ¡Rémoras de radicalismos pasados! ¡De dominios coloniales!

 

¡Ay!

¡Cuánto hay que remar… para eludir la corriente resabiada!

¡Ay!

¡Cuánto hay que remar, exclamar y sudar!,

para no verse… ¡convencido de que todo es igual!,

¡de que todos son iguales!,

de que, irremisiblemente, esto o aquello va a pasar.

¡Cuánto hay que remar en el aire, sin agua!

¡Cuánta sed hay que pasar!...

¡hasta poder exclamar con plenitud!...

que en el Amor… me embarco,

que en el Amor me… guío…

que en el Amor me siento…

 

¡Aunque tenga… rotos!,

¡aunque la barca se hunda!,

¡aunque el viento no sople!...

¡remaré con mis manos… y soplaré con mi aliento!

Y, ¡por Dios!... que nunca me ahogaré.

Él… siempre acudirá a “el rescate”.

 

Ámen.

  • lema-orante

     
  • inspiracion

  • aha

  • youtube

  • publicaciones