Vivir sirviendo, creyendo, amando (a propósito del Viernes Santo)

 

Para la cultura predominante hoy en la especie, como gestora de morales, costumbres y –sobre todo hoy- economías, hoy es el gran día de la muerte: Viernes Santo.

Y es curioso que, comparativamente, dentro de la liturgia, hoy es un día de gran luto, por rememorar la muerte del Kristo. Pero, curiosamente, cuando llega el Domingo de Resurrección, es un día… “¡Bueno! ¡Se ha acabado la Semana Santa!”. Algo así.

El culto a la muerte, justo –justo- elaborado en un ser que promete Resurrección, es la peor interpretación que se puede hacer de lo que llamamos “muerte”.

Todo lo que se sabe –¿se sabe?- de la muerte, lo dicen los vivos. ¡Vaya! No tenemos ningún testimonio de muertos bien muertos. Entonces, ¿qué visión puede tener un vivo, de la muerte?

A poco que pensemos –sin llegar ni tan siquiera a pensar, fíjense-, la versión o la visión que puede tener un vivo, de la muerte, es… vital. Es una visión viva. Porque sus sistemas de referencia, sus sistemas de aproximación, sus sistemas de diagnóstico… ¡son propios de vivos! Así que toda la tristeza, la rabia, la impotencia, todos los síntomas que muestra el vivo ante la muerte, son propios del vivo. No tienen nada que ver con la muerte. Es tan sólo un simple ‘egolatrismo’ posesivo: “¡Ah! Ya no lo tengo”. “¡Ah! Ya no lo puedo usar”. “¡Ah! Ya no me va a dar”. “¡Ah! Ya no me voy a aprovechar”. “¡Ah! Ya no me va a alegrar”. “¡Ah! Ya no…”.

Eso, en el mejor de los casos. Otras, será todo lo contrario: “¡Ay!, ¡qué alivio deja!”.

Es importante, para la consciencia general de lo que apenas conocemos que es la vida, darse cuenta de que lo que llamamos “muerte” es un estado de latencia… de la vida; que, al seguir el criterio de Semana Santa, nos conduce a la Resurrección.

O sea que, bajo el punto de vista de lo vital, de la vida, la llamada “muerte” es el tránsito hacia la resurrección: seguir vivos. En consecuencia, como que…

-¡De acuerdo: un tránsito! Pero… desde el punto de vista de la vida, ¿existe la muerte?

-Sí. Evidentemente, con las perspectivas que se tienen, sí; pero si cambiamos nuestras perspectivas, no.

Hasta hace poco –hasta hace una semana-, se sabía que había líquido –vamos a llamarlo así: líquido- entre célula y célula. Líquido intersticial. Bien. Pues ya en esta semana se ha publicado un trabajo en el que se asegura que el líquido intersticial es un líquido maravilloso.

Es un sistema, un nuevo sistema. Y lo dicen –“un nuevo sistema”-como si fuera una cosa que… no sé, que lo han comprado a los rusos o que lo ha traído Santa Claus, pero siempre ha estado ahí. ¡Pero, pero, pero!, con los métodos de observación como la biopsia, como en la microbiología, como los métodos de citologías y demás experiencias tecnológicas –sobre todo de la microbiología-, ¿qué ocurrió? Que no se veía. ¿Por qué? Porque se destruía. Ese líquido intersticial, por el trato recibido, desaparecía. No estaba. No se veía. Ahora, usando otras técnicas, ¡sin destruir!, sin bisturí, sin congelación, sin tintes, sin manipulación, resulta que existe todo un sistema que cambia según en qué órganos esté ese líquido intersticial. Y aquí paz y después gloria. Y que va a ser muy importante para el diagnóstico…; por supuesto, para el estudio del cáncer, etcétera, etcétera, etcétera.

También hace un tiempo, no demasiado, descubrieron que –lo que decíamos hace un momento: el vivo se acerca a lo que llama “muerte” bajo la óptica de la vida-… descubrieron que había un grupo de células madre que, durante tres días o un poco más, aceleraban su capacitación, e igualmente aparecían células neoformativas con objeto y fin –no podía ser otro- de reproducir de nuevo, vitalmente, al ser, que en teoría estaba muerto. Luego ¡no estaba tan muerto!

Esto, en lo que se refiere a las “últimas” –entre comillas- perspectivas ante la muerte. Pero… justamente, cuando estudiamos la evolución de la especie, justo se llega a decir que tal o cual momento de especie es significativo de una cierta cultura, un cierto conocimiento, cuando aparecen los restos de ritos funerarios.

La muerte.

Es una sorpresa –a veces esperada; otras, inesperada- que ofrece la vida. Pero una vida con una consciencia muy-muy limitada. Pero, a pesar de su limitación, establece el rito funerario, según el cual, pues ese ser, bajo otra forma –véase alma, véase espíritu- marcha hacia otras perspectivas, hace otras dimensiones, y se le puede ayudar con cánticos, con oraciones, con… Y en esas otras dimensiones se encontrará con –según creencias- con nuevas opciones… ¡de vida!

Es decir que todo lo que nos cuentan los ritos funerarios son ¡otras formas de vivir! En paraísos, en infiernos, en purgatorios, en nirvanas, en éxtasis, en samadhis, en… Cada cultura va a tener su propia residencia vital. Con lo cual se demuestra, una vez más, que la versión… o la única versión que se tiene de la muerte es a través de la vida, y en consecuencia sólo puede hablarse de “vida”, aunque se esté ante la muerte.

Todo esto parece muy evidente, pero, salvo las excepciones, normalmente, las condiciones en las que se vive –como por ejemplo ahora, en el recuerdo del Kristo: la muerte- son terribles; terribles, por las consecuencias que dejan. Seguramente, por las incapacidades del entorno. Seguramente –o ¡seguro!-, por los niveles de consciencia con los que se recoge ese transcurrir. No obstante, se dan cursos y más cursos, cada vez más, de “bien morir”, “bien partir”…

No. No creyeron –y… ¿quién cree?-. No, no creyeron –¿y quién cree?- que el Kristo… resucitó. Se quedaron en la pasión y muerte. Se quedaron en lo que luego los cristianos hicieron: vengarse.

El júbilo resurreccional quedaba como una anécdota, siendo el núcleo cardinal para acercarse a la llamada ”Vida Eterna”. Quedó anecdótico. Y todo se estancó en la sangre, en el sudor, en las lágrimas y en la muerte.

El Sentido Orante nos alienta hoy, bajo las premisas expuestas, a recoger la imagen del Soplo Krístico como una muestra de una forma de “vida eterna”. Como una muestra que el sanador debe incorporar –como en el caso del Kristo- a su concepto y a su hacer… ante el sufrimiento, el dolor y la enfermedad.

Recurriendo a lo que hace evidente la labor del Kristo, nos referenciamos con sus milagros.

¿Y de qué naturaleza son sus milagros? Todos conllevan el sello sanador. ¿Hay hambre? Hay peces y pan. ¿Falta vino? Aparece el agua convertida en vino. Hay ceguera, y aparece visión. Hay cojera, y aparece… carrera. Hay hemorragia, y cesa con un simple toque. Hay paralítico, y abandona sus muletas. Hay muertos, y resucitan.

Todo ese bagaje es sanador; ¡saludable!... Y es la misión fundamental que encomienda a los apóstoles: “Id, sanad, curad y resucitad”.

Si nos fijamos, nada de eso se practificó. Quedó en stand-by… por falta de credo, por falta de creer. Porque en él se daba por su naturaleza de Misterio –pero en nuestro plano, por su naturaleza de credibilidad-, porque creía.

¡Y todo aquel que en algún momento cree ciertamente!, ¡sin ninguna duda!, se convierte en milagro; se convierte… y hace, su credo, milagroso.

O sea que la muestra del Soplo Krístico, en sus milagros, no era para ‘hedonizarse’ él. No. Era para proponer otra dimensión, otra consciencia de ¡vida! De vida de Eternidades…

Y una Vida de Eternidades… que se alcanzaba ¡sirviendo!, ¡creyendo!, ¡amando!… como tres peldaños que simultáneamente nos hacen ver la muerte como ese escape inesperado o previsible… del vivir; del vivir sirviendo, creyendo, enamoradamente.

En consecuencia, el Sentido Orante de hoy no hace luto, ¡porque sería admitir el final! Sería asumir la derrota.

Más bien habría que apercibirse de que es el momento Eucarístico por excelencia.

Es el momento: “Tomad y comed, que este es mi cuerpo. Tomad y bebed, que esta es mi sangre”.

Ese momento Eucarístico… es el que ¡salva la consciencia de muerte y la convierte en consciencia de Resurrección!

Y qué curioso: justamente el Viernes Santo, los católicos no celebran la eucaristía.

Justo también en este tránsito de día, el oráculo, a través de su luna, nos lleva a “La Comunión de los Amantes”; al “Orgasmo”: ese fino e indescriptible momento, a través de la consciencia ordinaria, en el que los amantes se hacen “uno”, y aparece una nueva consciencia… que podríamos identificar, ¡hasta cierto punto!, con el orgasmo. Que es como asegurar… que se ha superado la muerte. Que ha dejado de estar.

Justo –en principio- se abre la posibilidad reproductora. Por enlazar todos los elementos.

Así, si nos hacemos amantes de la vida, creyentes de ella, y servidores como trascendiendo… el sí y el no, lo bueno y lo malo, lo alto y lo bajo, y adquiriendo la Unidad, estaremos en un Viernes Santo muy diferente al que nos proponen las tradiciones establecidas.

El Soplo Krístico nos deja, en el Sentido Orante de hoy, la idea de que el Amor, como experiencia de “amantes”… en el amplio sentido de la palabra, es el mecanismo por el cual los seres se funden y alcanzan, entre otras cosas, la Inmortalidad, con el ejercicio de esa creencia, y con el servicio en ese sentido.

La promesa de la Resurrección… es la parte pragmática de la Creencia.

Y el ejercicio de Servidumbre es la parte Sanadora.

El Amor incondicional hacia la Creación, hacia el Misterio Creador, es el sustento.

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