Somos “ilusión”. (En la noche de la Magia)

 

Es parte inherente del ser… la consciencia de ilusiones.

Quizás, por los orígenes de los orígenes de las ínfimas infraestructuras cuánticas de partículas subatómicas –por retrotraernos a infinitos-, quizás por provenir de esas instancias, a partir de ellas se gestionó “la ilusión”.

Sí; porque en la medida en que ese conglomerado sutil se fue concentrando y concentrando y concentrando hasta hacerse perfil y silueta, los componentes que están, quedaron –por así decirlo- atrapados en sus propias fuerzas, como un plan de la Creación, pero con un recuerdo ‘instintual’, subconsciente, inconsciente –podemos llamarlo de muchas formas- de ese origen sub-sub-sub-atómico… de contemplaciones y “nadas” que impulsaron lo que llamamos “Creación” y “Universos”.

Sin duda –sin duda-, un ilusionismo mágico, misterioso, fue confabulándose para ir creando diferentes conjeturas, y luego, diferentes constituciones, construcciones de vida. De ahí que no sea “bárbaro” el decir: “Somos una ilusión” –así-. “Vivir es una ilusión”. Casi como diciendo que no existe; pero, las palabras –¡ay!-, qué difícil es, a veces, definirlas, perfilarlas.

Podemos aducir que somos un sinfín de ilusiones que se conjugaron “para” –¡y cómo se conjugaron!-, por un ilusionismo mágico, misterioso.

En la medida en que lo construido se fue haciendo constitutivo de lo que se llama “material”, la llamada “ilusión” se fue contrayendo, concentrando, ¡escondiendo!, porque el nuevo protagonista, ¡compacto!, daba preferencia a sus maniobras, a sus inteligencias, a sus descubrimientos, hacia sus logros, hacia sus poderes. Y ahí, en ese terreno, no cabía la ilusión.

Aunque… aunque, si nos fijamos en ello, todo eso es “ilusorio”; parece que existe pero no existe –otra vez las palabras nos enredan, nos enroscan-.

El Sentido Orante de hoy nos hace alusión a que somos ilusión.

Y al ser una ilusión, producto de una magia ilusionista, misteriosa y sorprendente, como tal debemos comportarnos; puesto que, si la esencia –ilusión- no está activa, la construcción se hace ¡torpe!, se hace ¡brusca!, se hace… ¡morbosa!

Tanto, tanto, tanto es así de lo compacto que, cuando la ilusión no se ve ejercitada, surge el desprecio; sí, surge el desprecio de la estructura: “¡Eres un iluso! ¡Te ilusionas con todo, y nada se realiza!”. Y esto, escuchado y vivido generaciones, como que… deteriora las verdaderas posibilidades y constituciones constructivas de los organismos vivos.

Y a lo largo de las edades, los seres van esbozando ilusiones; y por la fuerza de la gravedad de lo compacto, de lo material, tienden a materializar, como si quisieran animar de ilusiones a lo compacto. Pero no resulta así. El dualismo generado entre “la ilusión” y “lo material” establece un combate, y “lo material” devora a “la ilusión”.

Cuando nos llaman a orar, nos sitúan en un plano de ilusiones; ilusiones fantásticas. Sí. Porque, esa comunión, esa comunicación entre lo Inabordable y lo insignificante –nosotros-, es… ¡impresionante!

Y quizás no nos impresiona más porque la ilusión está dormida, oprimida, constreñida. Y en vez de ir de ilusión en ilusión –sin perder por ello las anteriores, sino conservándolas-, se va de ilusión en fracaso, de fracaso en fracaso; de vez en cuando, otra ilusión y otro fracaso, y ya… a hacer de la vida un fracaso.

Y es curioso. Si uno observa la evolución de esas ilusiones, incluso –que es lo más sorprendente- cuando se vive en el seno de ilusiones, después de un cierto tiempo los seres aspiran a… ¡desilusionarse! ¡Sí! Aspiran a materializarse, ¡a hacerse reyes de su materia! Y se podría escuchar el diálogo de:

“Pero, ¿tú no vivías en el mundo de la ilusión? ¿Qué haces aquí? ¡Aquí es el mundo de la discusión! ¡Estás equivocado! ¿Por qué has abandonado el mundo de la ilusión, por el mundo de la discusión, de tu ego, de tu idolatría, de tu competencia, de tu valía…?”.

Lo diría aquel ser que… ¡que no tuvo la oportunidad de vivir en el mundo de la ilusión!… porque se la fracturaron continuamente. Seguramente, “el desilusionado” de la ilusión contestaría:

-¡Bueno!… Quiero ser más realista, quiero probarme, quiero catarme; quiero ver lo que soy capaz de hacer.

-¡Ah!... ¡Tú eres un idólatra insoportable! Todo lo que acabas de decir se convertirá en recuerdo que, finalmente, desaparecerá. Toda esa materialidad y todos esos logros que puedas conseguir, ¿qué se mantendrán en la historia: un siglo, dos siglos? Y luego, ¿quién se acordará de ti? ¿Es que acaso mereces que se acuerden de ti?

-Visto así resulta duro; ¡casi desilusionante!

-No. No, no. Es una advertencia. Es un aviso… para que el ser se sitúe adecuadamente.

El cultivo de la ilusión, con ese origen ilusionista mágico, nos hace contemplar, meditar, y orar –como punto culminante- sobre nuestro existir; sobre nuestro vivir y nuestra interpretación ¡liberadora!… de la existencia.

¡Si no es así, evidentemente el mundo se convierte en un chisme! Sí. En un chisme de éste, que le dice al otro, según su criterio, según su punto de vista. Esto le parece bueno, esto le parece malo...

Una inducción permanente a la ocultación y a la mentira, ¡inevitable si se quiere mantener una ilusión!

¡Increíble!, ¿no? ¡Porque el juicio –el juicio, como el juicio final- te persigue! ¡El juicio del vecino, el juicio del de la derecha, del de la izquierda, del de adelante, del de atrás!... ¡Porque no le parece bien lo que haces! ¡Porque no está de acuerdo con…! ¡Porque según la ley…!

¿Qué es eso? ¿Qué es todo eso? ¡Ni siquiera llega a la categoría de “mierda”!... –porque esa sirve de abono-. ¡Ni siquiera llega a esa categoría!

¡Es el morbo de la consciencia perturbada! –es el morbo de la consciencia perturbada- que, al quedarse sin ilusiones, va desilusionando a todo el que la tenga.

¡Es la envidia hacia los amantes! ¡Es la envidia hacia los que se aprecian! ¡Es la envidia a los que se quieren! ¡Es la envidia a los que disfrutan!

¡Y lo peor de esa actitud es que se presentan como “aliviadores”, como “salvadores”!; ¡como para recordarte cuál es la ley, cuál es la norma!

¡Hipócritas!

¡Pero ése es el cotidiano vivir…!

Y si atendemos al Sentido Orante, ¡no nos gusta ese cotidiano vivir! Aspiramos a ser ilusión permanente, sin juicios ni leyes que nos condenen previamente, ¡y que nos tracen nuestras coordenadas, nuestros comportamientos, nuestras actitudes!

Se ha llegado a ese nivel de convivencia “salvadora”, de los materialistas ordenados y conjeturados “según la norma”. ¿¡Qué norma!?

Moralistas y éticos ¡de despojos!... que, con la impunidad del credo y de la ley, van ajusticiando a los “ilusos ilusionistas”:

“¡No te hagas ilusiones! ¡No! La vida es esto, y esto, y esto”.

¡Oh!, ¡cuánto saben!

Claro, claro, en ese mundo no se contempla la excepción ni la… fantástica aventura de vivir. No, ¡no se contempla! No se contempla la excepcionalidad; la fantasía, menos, ¡por supuesto! Ya cada uno se va haciendo su norma… su horma… y de ahí no se sale. Y todo lo que pulule alrededor, que no se ajuste a ello, será ¡pisoteado! por la horma, por la norma.

¡El Sentido Orante reclama el derecho a la ilusión, sin que sea un derecho, sino que sea el reconocimiento de nuestra naturaleza innata desde la óptica de la Creación!

 Y ante… materia y palabras necias, oídos sordos.

Pero, claro, es cierto: la mayoría de la mayoría de la mayoría está adjuntada a la prostituida materia, que se olvidó de que era un integrante de múltiples e infinitas ilusiones. Y, en consecuencia, ciertamente, no es un buen tiempo para la ilusión.

¡Pero sí es un tiempo que, orantemente, nos recuerda su reivindicación!, su presencia; su realización constante de los imposibles, ¡que tanto jode a los elitistas, a los puristas, a los radicales, a los ornamentales, a los moralistas!, que se desesperan de ¡rabia!… y se les mellan los colmillos.

Tanto es así que, ¡si el mismísimo Dios viniera ante ellos, y se presentara y les dijera alguna sugerencia!, seguramente contestarían: “Bueno, ya lo pensaré, ya veremos”.

¡Oh, sí!

Y se piensa y se piensa, y se maquina y se maquina a ver de qué forma se puede desilusionar a éste o a aquél, ¡para que vuelva a la realidad!

-¿Cuál es la realidad? ¿¡Qué me ofrece su realidad!? ¿Trabajo y seguro, y seguridad social? ¿Un cine al mes? ¿Un restaurante a la semana? ¿Un coche de media gama? ¿Unas vacaciones en Vietnam?... ¿Eso es volver a la realidad? ¿Cuánto tiempo va a durar?

-¡Ah, todo tiene su final!

-¡Ah!, ¡todo tiene su final!... ¡Todo su planteamiento tiene su final! Pero, desde mis ilusiones, no hay finales.

-¡Ah! ¡Pero así chocarás y te golpearás…!

-¡Ya lo sé!... Pero seré… Pero soy…

¡Ay! La pobre ilusión se encuentra amordazada, ¡atemorizada!, esquiva. No sabe. Tiene miedo.

El juicio de los juicios, la puede llevar a la muerte. Y por ello se oculta en los sueños; se oculta en el detalle; se insinúa en las soledades; ¡gime en las depresiones!; aparenta en las reuniones para que no se le note, y si acaso una sonrisa –y depende del caso- vendrá bien. ¡Siempre cuidándose de no ser descubierta!, no vaya a ser que pierda su inmunidad y se la juzgue, se la castigue, ¡se la desprecie!

A veces, para preservarla, un burka no es suficiente. Hace falta además un yelmo y una armadura de metal, para así mostrar la “cruda realidad” y no dejar que nos toquen… la sensible ilusión; que es la que nos mantiene con proyección; que es la que nos propulsa en evolución; que es la que nos permite el cambio; que es la que nos otorga… la iluminación.

La que nos ilumina la vida, enseñándonos nuevos caminos: ¡nuestros caminos! ¡No caminos que ya se han pasado! Los caminos pasados y pisados están llenos de bandoleros, de asedios, de traiciones.

Los senderos de la Creación son infinitos. Y cada ser, en su débito –deber-, tiene el suyo, ¡que está inmaculado!, ¡que es nuevo! Que sí, sí, tiene referencias, tiene parecidos, claro, pero…

¡Ay!... ¡Ay!, ¡qué pena de aquel que mata ilusiones! ¡Ay!, ¡qué pena de aquel que… en los murmullos busca condenas y prohibiciones. No es Universo claro. No es, su verso, convincente. Se ampara en la vulgaridad y en la cotidianeidad de las normas y leyes, pero ¡traiciona a su esencia!, ¡a su naturaleza!; a lo que siempre quiso ser y no se atrevió a hacer.

Con…conjugarse en ilusiones; conjuntarse en ilusiones. No es suficiente con compartir, ¡no! ¡Las aspiraciones de las ilusiones son infinitas! ¡No pueden ser partidas!

El Sentido Orante, como ilusión, no admite reglas. Llama para aclarar, para dignificar, ¡para asolear la luz!, y saber estar en la oscuridad del Misterio.

Sí; la fidelidad a… ¡a cualquier nivel!, pero ahora –ahora, ahora-, la fidelidad al Origen, está muy distorsionada. Está siempre discutida. Es una fidelidad amargada. El juicio y el prejuicio están asediando siempre.

¡Es hora de revisar… esa posición habitual, costumbrista, racionalista, materialista, prejuiciosa y condenatoria! ¡Es hora! ¡Es hora de ver cómo se ha ido perdiendo esa ilusión! Y en consecuencia, se ha ido ganado en ¡perversión!

Recuperar, aunque sea un quantum –¡tan pequeño!- de ilusión, es una necesidad prioritaria para no quedar ahogado en el juicio permanente y en la condena perpetua.

Hoy puede ser una buena oportunidad para ensayar ilusiones; para ilusionarse con ellas. Hoy, que casualmente es la “noche de la magia”… sin trucos; con Misterio.

Hoy, por ejemplo.

Hoy…

Sin olvidar que todos los demás días son… “hoy”.

Por ejemplo, hoy.

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La Oración que realizamos es una Oración que no está circunscrita a ninguna religión. Creemos que la Oración puede ser un instrumento Liberador y Sanador. Y tiene como referencia a la Creación, a las diferentes Fuerzas que nos animan sin entrar en ponerle un nombre u otro. La creencia de que la Oración es un elemento indispensable para nosotros, nos llevó a crear un espacio dedicado exclusivamente a la oración: “La Casa del Sonido de la Luz”, un lugar situado en el País Vasco , en Vizcaya, en la estructura de un caserío. Allí se realizan encuentros orantes y jornadas de retiro.

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