Circunstancias, Justificaciones, Represiones, Orden

 

Las circunstancias suelen justificar los comportamientos represivos.

Circunstancias… justificación… actuación represiva.

Es un acontecer común. No es una excepción. Cada cual parece estar rodeado de una circunstancia, y obtiene de ella una justificación para reprimir sus espontaneidades, sus creatividades, su emoción…

Pareciera que este planteamiento es una salvaguarda para evitar el libertinaje, para buscar el equilibrio, para asegurar la seguridad…

Ciertamente, antes de antes, el ser humano tenía que adaptarse a su medio. Ahora, el ser humano ha compuesto su actividad obligando a que el medio se adapte a él. Y es así como la ‘inteligentzia’ humana, y su capacidad de manipulación, ha ido creando circunstancias, ha ido gestando justificaciones para mantener un orden.

“¡Orden! ¡Orden en la sala! –dice el juez, cuando el populacho protesta por una decisión injusta o justa, ¡da igual!-. ¡Orden!”.

- ¡Ante todo, el orden!

- ¿Cuál orden?

- ¡El establecido! El que ha impuesto la ley; la ley que ha sido creada por el poderoso, para obtener beneficios, rentas y control. Si no fuera por ello, no alcanzaríamos un desarrollo sostenible. ¡Orden!

Pareciera que estuviéramos en un reclutamiento militar:

“¡Orden! Éstas son las órdenes del capitán. Éstas son las órdenes del comandante. Éstas son las órdenes del teniente coronel. Éstas son las órdenes del coronel. Éstas son las órdenes del general. Éstas son las órdenes del capitán general”. ¡Oh!...

Habrá que decir:

- ¡Señor! ¡Sí, señor! ¡Señor! ¡Sí, señor!

- No lo he oído bien…

- ¡Sí, señor! ¡Sí, señor!

- ¡Ah, ya!

Y, así, el orden se convierte en la mágica palabra de “ordeño de mentes”.

Y cada cual, a su manera, se acomoda en el orden. De vez en cuando hay picardías contra el orden estable-cido, entablillado, y pequeños desórdenes o desobediencias… para crear un nuevo orden de ordeñadores: los que ordeñan la mente.

Somos mamíferos, ¿no? Tenemos que ordeñarnos, ¿no?

El Sentido Orante no parece tener mucho orden; al menos, el que descubrimos aquí. ¡Sí! No se repite, es diferente, tiene otro tono… ¡Con lo fácil que sería entrar en el orden! ¡Y tener una oración, y decir todos los días la misma! ¡Estaríamos ordenados! ¡Así, más bien dormidos que despiertos, nos injurian por la mañana haciéndonos pensar! ¡Nos pillan desprevenidos y, entonces, o no escuchas o te quejas del frío de la sala o… quién sabe! Te escudas en el “quién sabe”, para tú no saber.

- No. A mí dame un algo… un algo que esté ordenado. Ordenado, ordenado, ordenado. Porque mi ordenador…

- ¡Ah! ¿Tú tienes PC: “Personal Computer”? ¡Tu ordenador! ¡Tú estás a las órdenes de tu ordenador, claro! ¡Ah! De ahí vendrán los ordenadores: del orden; de establecer un nuevo orden.

- ¿Nuevo? ¡No! De establecer ¡un orden!

“Un Nuevo Orden” fue una frase famosa de antes de la Segunda Guerra Mundial, editada por el Führer, Adolf Hitler. “El Nuevo Orden”. Establecido, claro. Pero cada cual cogió rápidamente la frase, y fueron instaurando nuevos órdenes: el orden sacerdotal, el orden legal, “estar en orden”… ¡ah!, y “estar a la orden”. Como militares: “Estamos a la orden”. Cada cual se vistió con la casaca de los cosacos, o del ejército real británico de su majestad o…

Hay modelos para elegir. El caso es estar en orden… en base a las circunstancias y a las justificaciones.

Las órdenes del orden nos recuerdan nuestras circunstancias, y nos dan, para llevarlo lo mejor posible, las justificaciones. Y, a la vez, las órdenes se justifican para modificar las circunstancias.

- ¡Ay qué lío, ay qué lío, ay qué lío!...

- No, no. No es ningún lío.

- Sí. ¡Es un lío, es un lío! Parece un paisa hablando y dándole vueltas a la cosa, sin decir lo que tiene que decir.

- ¡Ay qué lío, ay qué lío, ay qué lío!… que yo me hago, con la circunstancia y la justificación. ¡Dame una orden! Dame un orden establecido, pa’ que yo… yo lo vea claro.

- ¡Claro! ¿Claro o…?

- Claro.

- ¿Claro?

Es relativamente fácil que cada cual –o cada uno- vea su circunstancia.

¡Claro!, hay veces que no se sabe qué… qué es la circunstancia.

Pues todo lo que te rodea en cuanto a medio ambiente –para empezar por lo más lejos-, costumbres, normas, religión, rock’n’roll, blues, copla… Degas, Picasso… etiqueta, comportamiento… prohibido, permitido… querido, no querido, admitido, ‘desadmitido’, perverso, caritativo o… ¡quién sabe! Sí, lo sé: generoso o ruin…

Eso es más o menos –más o menos-, muy contraídas, las circunstancias. En consecuencia, no vale decir “¡quién sabe!”. Sí lo sé.

Pero, a veces, lo que se sabe no gusta.

- Mí no gustarme ser así, porque mí… mí querer ser como un ciudadano soviético. Mí no querer ser de Ohio, mí querer ser de Bogotá. Más elegante, más atascos y más violencia. Mí gustar violencia porque ser imprevista. Sorprendente.

- Pero tú ser homo sapiens y tú saber tus circunstancias. ¿Tú aceptas circunstancias, o tú creas tus propias circunstancias? ¿Tú tienes circunstancias o eres soltera?

- ¡Ay qué lío!... ¡Ay qué lío, ay qué lío, ay qué lío! ¡Esto no hay quien lo entienda!

Las justificaciones son la justicia, la justicia, la justicia, la justicia...

¡Ay, la justicia! ¡Qué bella mujer, con los ojos vendados y sosteniendo una balanza! Una balanza que no se mueve, que no hay quien pese en ella… ¡porque está oxidada!

¡Ay, justicia, justicia! ¡No quiere ver!, para ser equitativa, para ser justa. ¡Ay, Doña Justa!

¡Qué curioso! Le pusieron de símbolo una mujer: la más injustamente tratada. Pero, para compensarla, pusieron a una dama con los ojos vendados. ¡No pusieron a un moreno esplendoroso con pelo en pecho! No nos lo imaginamos, ¿verdad?

Es como la revolución francesa y la señora con la teta al aire. Creo que es la izquierda. Entonces da la idea de que la revolución es ese sex-appeal del topless.

Pero ya existían, ya existían en aquellos tiempos –y en todos los tiempos- los diseños. ¡Ah!, ¡los diseños! Y hacían un diseñito, y ya te quedabas con él ‘per omnia saecula saeculorum, amén’. Esto es latín.

Sí. Justificaciones, justicia. En justicia –en justicia-, la justicia dice, y cada uno es un jurista. Oh, sí. Oh, sí. Oh, sí. Oh, sí.

- “Oh, sí”, ¿qué?

- Que sí, que cada uno es un juez.

- ¡Faltaría más! Si no fuéramos cada uno un juez, ¡esto sería un caos! ¡Nos morderíamos, nos comeríamos, nos asaltaríamos, nos sacaríamos las orejas!…

- ¿Las orejas?

- ¡Sí, las orejas!

- Ah… ¡Qué bárbaro!

- Y cada cual, claro, tiene su código. Su código penal.

- ¿Penal?

- Sí, sí. De penas. Código penal, penal, penal. De faltas cometidas contra la urbanidad, de faltas cometidas contra el exterior humano. ¡Penas, penas, penas!

- Ah…

- Esas son “justificaciones penales”.

- ¡Sí!

- ¡Ah! Pero habrá también justificaciones económicas y tal…

- Sí, pero en el fondo son penales.

- ¡Ah!, con razón la canción: “¡Ay!, pena, penita, pena, pena de mi corazón, que me corre por las venas con la fuerza de un ciclón”. ¡Ah! ¡Por eso somos “penalistas”!

- Sí. Y penalizamos al de enfrente, al de arriba, al de abajo, al de la derecha, al de la izquierda… por guapo, por feo, por trotamundos, por ‘espiricuetos’, por… ¡por cualquier cosa! ¿Es que acaso no es cierto ni menos cierto que todos tienen algún defecto y, en consecuencia, pueden ser penalizados?

¡Ay! Y el ejercicio de la ley ¡qué bien se le da a cada uno!:

- No, ¡eso está fatal! ¡Eso es horrible! ¡Parece mentira, hacer una cosa así en un sitio como éste! ¡No se justifica!, porque tal y porque cual… Yo te digo esto. No se lo digas a nadie, pero estarás de acuerdo conmigo en que…

- ¡Oh!, sí, claro. Tienes razón.

- ¿Tengo razón o no tengo razón?

- ¡Sí, sí, sí! Tienes toda la razón del mundo.

“Toda la razón del mundo”.

- Oye, ¡qué difícil es! ¡Oye!, ¿cómo consigues tú “toda la razón del mundo”? ¿Del mundo mundial o de Euskal Herria solamente? ¿Tú consigues toda la razón del mundo? ¡Oye, tú eres dominicano, chico! ¿Toda la razón del mundo? “Tienes toda la razón del mundo”. ¿Y todo el mundo piensa como tú? Menos aquél, ¿no?

- ¡Sí, claro!

Qué frases –¿verdad?- tan bonitas, tan absolutistas, tan dictatoriales. ¡Si cada uno lleva en el fondo un imperialismo voraz! ¡Pero voraz!, ¿eh? “¡Tienes toda la razón del mundo!”. ¡Machaca! ¡Machaca a la machaca!

Sí, sí, sí. En realidad, una dictadura bien llevada es un salvamento. Porque, claro, si no te justificas ante los demás y el medio, la circunstancia… pues, claro, ¡se volvería esto una anarquía!

- ¡Anarquía! ¿Qué pasa con la anarquía?

- ¡Que es mala! ¡Porque no tiene orden! Porque de repente dice: “Venga, vamos a hacer una canción”. “¿Y la letra? ¿Y la música?”. “¡No lo sé! Ahora la ponemos. ¡Vamos a hacer una canción!”. “Pero… ¿sobre qué?”. “Sobre lo que quieras. Sobre las ciruelas: ‘Tachunta-pam, ciruelas para ti; tachunta-pam, ciruelas para mí. Ay, qué rico color es el rojo que tienes, qué bien te queda. Ciruelas para ti, ciruelas para mí. Para ti el huesecito y para mí la carnecita’. Y ya está, ¿no?, la canción. Canción matutina. Y yo me como la carnecita y te doy el huesecito, y ya te apañas tú como puedas. Una canción dictatorial, ¿no?, sobre las ciruelas.

- Eso: ¡la anarquía!

- ¡Ah!, sí…

- Pero, ¿no lo ve, no lo ve, no lo ve usted, el orden, el orden que hay en el cosmos?

- En el cosmos… ¿En dónde?

- ¡En el cosmos!

- ¡Ah!, ¡en el cosmos! ¿Qué veo?

- “Veo, veo”. “¿Qué ves?”. “Una cosita”. “¿Qué cosita es?”.

- Ahora, con la oscuridad, poco. Poca cosita veo. Pero, ¡vamos!, podemos hacer un esfuerzo.

 

- ¡El orden cósmico! ¡Ah! ¿Y cómo se justifica ese orden? ¿Y qué circunstancias tiene el orden cósmico?

- ¡Bueno, bueno! Es que el orden cósmico es tan ordenado que no necesita justificarse ni, ni… O sea, la circunstancia es él mismo.

- ¡Ahhhhh!

- Si no fuera por el orden cósmico, no…

- No, ¿qué?

- No… ¡no amanecería, por ejemplo!

- ¡Ahhhh!... Es por el orden. Y entonces, ¿por qué los toros se enamoran de la luna? “Ese toro enamora’o de la luna”… ¿Qué clase de orden es ése? ¡Habrá que matar a los toros antes de ir a cualquier parte! Todo toro será muerto en luna llena. ¡Porque ahora estamos en luna llena! Tenemos luz gratis. ¡Qué desorden!, ¿no?, aprovecharse de la luna. Ahí, la pobre, ordenada: creciente, menguante, nueva, llena… Y repite y repite. ¡Qué esclava! ¡Qué esclavitud tiene el orden del cosmos! ¡Qué esclavos, oye! Ahí nadie se sale de la órbita. Mercurio está en su sitio, Plutón, Urano… ¡Oye!, ¡qué orden!, ¿no?

-. ¡Ufff! ¡Bueno!...

-. Pues al igual que hay un orden arriba, hay un orden abajo. Y abajo estamos nosotros, y nosotros tenemos que mantener un orden. Aunque por dentro tengamos un hígado a la derecha y un páncreas a la izquierda; y un bazo. Aunque tengamos un cierto desorden, por un pulmón izquierdo con dos lóbulos, y el derecho con tres… ¡Psss! ¡Yo qué sé! Una tráquea ahí, con anillos, mal puesta… La verdad es que… hay un cierto desorden. La mayoría son diestros y tienen desarrollado el hemisferio izquierdo mejor que el derecho, y los zurdos están mal vistos… Pero ya menos. Pero, bueno, es un poco desequilibrante, ¿no?

-. Ya, pero por eso. Por eso más aún necesitamos el orden, porque estamos hechos por dentro desequilibradamente y, en consecuencia, tenemos que establecer un orden.

-. Ya…

El Sentido Orante nos advierte, nos ¡exclama!… a propósito de las justificaciones con las que modificamos las circunstancias y asumimos un orden, al exterior, que no se corresponde con el desorden interior; entendiendo por “desorden” aquello que se piensa, se siente, se imagina, se fábula, se especula…

¡No! ¡Nada de eso! No, no. Eso está re-primido. Eso pasa por el filtro de las circunstancias y de las justificaciones, y entonces lo que sale fuera es… ¿quién sabe?

Sí, sí. Sí lo sé. Lo que sale fuera es lo que los otros quieren ver, y la muestra de lo que quiero mostrar para ocultar debidamente lo que en verdad siento.

Esto es muy común, ¿no?

- Porque, ¡claro! –diría cada cual-, si me manifiesto, expreso y digo, y muestro lo que siento, pues sería una falta de respeto.

- Ya, pero… ¡es igual de falta de respeto pensarlo!

- ¡No, no, no! No es igual.

- Ah, ¿no?

- No, no, no. Vamos a ver. Una cosa es lo que sale fuera, que es lo que vale, y lo que tienes dentro pues es… no sé.

- Sí sabes, sí.

- Bueno, sí lo sé, pero no lo quiero decir.

- ¡Ah!, ya…

Ante esta evidencia, o ante estas evidencias de justificaciones, de circunstancias, de represiones, de orden… ¿cómo se puede abordar un momento orante? Habrá que establecer un rápido e inmediato sistema para no juzgar, no ordenar, no reprimir…

¡Me llaman a orar… y he de estar atento!, porque lo que emana de esa llamada he de incorporarlo y dejar que actúe en mí, ¡para saber realmente quién soy!

Porque, ciertamente, desde la más tierna infancia me dijeron qué tenía que hacer, cómo tenía que pensar, de qué forma tenía que hablar, en qué medida tenía que creer, en qué tenía que creer, qué tenía que decir, qué tenía que callar…

¿Quién soy, realmente? ¿Soy una orden? ¿Soy una justificación? ¿Soy una represión? ¿Soy una circunstancia? Sí. Puedo decir que soy todo a la vez, pero también puedo decir que no soy nada de eso. Pero no. No sé quién soy exactamente. Porque hay un mundo oculto, que hago culto de él y lo confronto con el entorno.

Soy quien soy en mi intimidad, pero tampoco estoy seguro de ello; porque el hacer continuado, camuflado, me choca. Me hace entrar en choque, en shock. Porque además me pregunto: “¿No será que esa visión que veo, que intuyo, que pienso, oculta, sea una consecuencia de las justificaciones, de las represiones, de las circunstancias, del orden? ¡Sea simplemente una respuesta interna, pero no sea mi ser interno? ¡Porque probablemente no existan el ser interno y el ser externo! Eso ha sido una necesidad del sapiens para poder engañar mejor, ¡para poder mentir mejor!”.

Esto es lo que tú ves. Esto es lo que te voy a dejar que veas de mí. Para que te hagas, de mí, la idea que quiero que te hagas; que seguramente será la que te guste. O para que la imagen que dé, de mí, sea suficientemente imponente e importante para imponerme sobre ti y hacer que me obedezcas.

¡El orden del cosmos! ¡Ay, qué pena! ¡Qué dirá el Universo… en donde está el cosmos! ¡Qué dirá el verso o la poesía! Aquella que sea libre, y no tenga que ser una cuarteta, un sexteto o un dodecasílabo o cualquier otro orden.

¡Qué dirá la azucena… o el geranio, cuando se le use como estratagema para una conquista o para un regalo! ¡Qué dirá la rosa, con sus espinas, cuando sólo se resalten sus pétalos y no se respete el fino estilo de la punta de la espina!

¡Qué dirá el Universo, cuando se le trate de clasificar, ordenar, entender… y saber de él! ¿Se hará materia oscura? ¿Se esconderá de vergüenza, al ver que se le quiere ordenar, y, bajo ese orden, justificar cualquier comportamiento, cualquier imposición…?

¡Qué dirá la Creación, cuando escuche que “ha dicho”, que “ha dado”, que “ha ordenado”…! ¡Qué dirá la Creación, de tales delirios…?

 

Si cada día creado soy,

en creencias vivo, pero… no vestido.

Desnudo siento… ¡calor o frío!

Y desnudo imagino…

y andando voy a realizarme

buscando tener en mis manos

mis anhelados deseos.

 

¡Ay!... Pero me vistieron, me enseñaron,

me ordenaron, me indujeron y me advirtieron.

Y ahora soy un mecano

que mecánicamente desconfío,

me irrito, me violento y ¡me impongo!

No me conozco.

Me siento universo desconocido.

¡Me siento pecado imperdonable!

Me siento perseguido y me oculto.

¡Me robo a mí mismo!

¡Y cuando me preguntan por mí, hablo del otro!

Y cuando me requieren, desconfío.

Indago sobre la renta o ¡busco mi renta!

Me muevo en el filo,

en el fino hilo… del fino filo del cuchillo.

Y, así, ¡me caigo, me corto, me sangro!

¡Me culpo!, ¡me culpan!,

culpo y castigo, y me castigan.

¿Eso es vida?

¿O es la justificación de que en estas circunstancias

sólo puedo ser ¡un sufrido viviente!… cortado, ¡cortante!?

¡Confinado a los consejos ajenos!

¡Confinado a la obsesión de mí, sin saber quién soy!

¡Confinado a la obsesión de importancia, por mi pequeña rebelión…

que me ha llevado a la soledad, a la angustia, a la depresión!...

 

Que he abandonado mi amor

porque el orden establecido pide un amor “con sentido”,

con sentido de prevención, con sentido de cuidado, con sentido horario,

con sentido de… ¡exigencias personales de autoestima, de autocuidado!...

Mecano. Mecano articulado…

de sentires amistosos, amables y correctos,

pero desalmados.

¡Pena, penita, pena!...

 

***

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La Oración que realizamos es una Oración que no está circunscrita a ninguna religión. Creemos que la Oración puede ser un instrumento Liberador y Sanador. Y tiene como referencia a la Creación, a las diferentes Fuerzas que nos animan sin entrar en ponerle un nombre u otro. La creencia de que la Oración es un elemento indispensable para nosotros, nos llevó a crear un espacio dedicado exclusivamente a la oración: “La Casa del Sonido de la Luz”, un lugar situado en el País Vasco , en Vizcaya, en la estructura de un caserío. Allí se realizan encuentros orantes y jornadas de retiro.

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“La Casa del Sonido de la Luz” ARGI DOINU ETXEA se encuentra en la localidad de Ea, Vizcaya. Un espacio abierto para los alumnos de la Escuela Neijing, los cuales pueden realizar estancias de 1 a 5 días.
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